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Dos punto siete

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19.02.2026

Ciudad de México.- Dos punto siete. Esa fue la calificación que obtuvo México en el Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) en la última evaluación realizada por Transparencia Internacional. Con una puntuación de 27 sobre 100, el país se ubica en la posición 141 de 182 países evaluados. ¿Cómo es que esto no es un escándalo? Al revisar la lista completa, encontramos que México se encuentra, sorprendentemente, por debajo de países como Pakistán, Cuba e Irak. Es decir, en un índice que toma en cuenta los sobornos a funcionarios, el desvío de recursos públicos y la eficacia de los mecanismos de control y sanciones, México aparece reprobado y peor calificado que varios regímenes autoritarios.

¿Qué haría usted si alguno de sus hijos o hijas llegara a casa con 2.7 de promedio en la boleta? La respuesta se la dejo nada más a usted. Si a mí mis alumnos me evaluaran de esa forma, seguro ya no podría seguir dando clases. Lo mismo en mi trabajo, sin lugar a duda sería despedido. En cualquier empleo, un desempeño así sería motivo de separación inmediata. Entonces ¿por qué aquí no pasa nada? Creo que los motivos principales son dos: impunidad para los que hacen sus fechorías y un repudio social todavía débil o mucha tolerancia por parte de la ciudadanía, como se quiera ver.

Ahora bien, ¿qué se entiende realmente por corrupción? palabras más, palabras menos, corrupción es el abuso de un cargo público para obtener una ganancia privada. Funcionarios utilizan su puesto para sacar ventajas personales, económicas o políticas. Si bien aunque todas las formas de corrupción son reprochables, hay distintos grados y alcances de afectación al erario y a la ciudadanía. Usar vehículos oficiales para fines privados está mal, pero robarse el dinero de los medicamentos para personas con cáncer ha de ser lo más ruin. Por otro lado, la corrupción también puede tener distinta amplitud. Se puede promover a un hijo dentro de una misma dependencia, pero también se pueden diseñar leyes a favor de un sector en específico o financiar campañas políticas con recursos públicos. De tal suerte que todas esas acciones y actividades en conjunto nos tienen sumidos en lo más bajo de la lista antes mencionada. Somos el último lugar dentro de los países que forman parte de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) y el penúltimo lugar dentro del G20. Preocupante.

Si bien es cierto, muchas veces el efecto corruptor se encuentra principalmente en el funcionariado, al simular compras que nunca se entregan, al cancelar multas a conocidos o al contratar parientes sin mérito, no siempre es así. Por lo tanto, es necesario ver los dos lados de la moneda.

Para que exista corrupción hacen falta por lo menos dos personas, quien ofrece, promete o entrega y quien solicita, acepta o recibe. Es decir, por supuesto que no nada más es culpa de las autoridades. Que el país esté situado en esa posición, también implica prácticas sociales extendidas. Significa que nosotros como ciudadanos y ciudadanas operamos del mismo modo. Cuando damos dinero a un tránsito para evitar una multa, cuando pagamos a un funcionario para acelerar un trámite o incluso cuando ofrecemos regalos a algún funcionario para obtener algunas consideraciones, estamos fomentando la corrupción y participando de manera activa. Necesitamos modificar eso y convertirnos en una ciudadanía más consciente.


© El Diario