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El barrio rojo

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Siempre he sabido que abril tiene un color, un matiz que no es plomo ni añil, sino el tono exacto de la lluvia fina sobre ... el adoquín, una claridad indecisa que cruza la ciudad con el paso sutil. Me siento tras la inmensa cristalera del bar de la esquina, bajo una luz tibia y repentina, buscando en mi porción de tarta el consuelo redondo que la calle no atina a darme. Tras el cristal, la gente pasa. La avenida entera es un escaparate de pasos ligeros, de rostros lisonjeros, de sombras que se cruzan, se ignoran y se abrazan.

A mi derecha, a escasos dos metros de mi mesa, una muchacha con un abrigo fino color mostaza revisa la pantalla de su teléfono con la ansiedad de quien aguarda un milagro o una amenaza. Se coloca un mechón tras la oreja, alisa el pliegue de su falda vieja. Es su primera cita, o acaso la última batalla de su propia guerra. Se ha preparado con el esmero callado de quien sale a un escenario, puliendo la mejor versión de su propio misterio, ofreciendo su risa como un pasaporte. Las ciudades en primavera se vuelven crueles porque nos obligan a florecer, a desperezar el deseo, a salir al mercado de las vanidades con la esperanza alerta, aunque sepamos, por pura experiencia, que la decepción siempre se queda cerca.

Y mientras la miro, mientras mastico la corteza dulce de mi tarta, no puedo evitar recordar aquel viaje, aquella calle estrecha de Ámsterdam, con su agua oscura y su luz carmesí, pertinaz y despierta. Allí, tras otros cristales, vi exactamente la misma espera. No hablo aquí de moral ni de pecado, no pretendo dar lecciones sobre el mundo que hemos heredado. Cuento, simplemente, ese gesto tan humano, tan desolado y tan nuestro, de ponernos en el umbral para ser mirados. Las mujeres de aquellas ventanas en el Barrio Rojo, en su quietud de estatuas, en su leve parpadeo, no eran en el fondo tan distintas a esta muchacha del abrigo mostaza, ni a mí misma, que me escondo detrás de mi taza. Todas aguardamos a que alguien se detenga. A que alguien decida pagar el precio de nuestra atención, el tributo de nuestra presencia. El escaparate puede ser de cristal y neón, o de mármol y repostería, pero la necesidad de ser vistos es siempre la misma porfía.

La muchacha del abrigo mostaza pide un té verde; su acompañante, que acaba de llegar sacudiéndose la llovizna suave de una nube pasajera, pide una cerveza. Sobre la pequeña mesa de mármol, los azucarillos descansan como promesas sin abrir. Ella mueve la cucharilla con un tintineo nervioso, trazando círculos invisibles en el agua caliente, marcando, en realidad, los límites de su propio continente. Porque el cuerpo, como bien se aprende en aquellas calles de luces rojas y adoquines mojados, es siempre la última frontera. El último reducto que se defiende o que se entrega. Allí, la frontera se marcaba con el sonido seco de un cerrojo, con una cortina a medio correr, con un precio dicho en voz baja al atardecer. Aquí, la frontera se defiende cruzando las piernas, apartando la mirada hacia la calle cuando la pregunta incomoda, o sonriendo con los labios cerrados para no dejar escapar la tristeza.

Allí, en los callejones del norte, la transacción es desnuda, cruda y evidente; un trato en el umbral, un acuerdo fugaz entre la sombra y el cristal. Aquí, en esta cafetería de luz amable y ambiente indolente, la moneda es otra, pero el mercado late igualmente: el mercado atroz de la soledad de la gente. Intercambiamos anécdotas por compañía, sonrisas por validación, palabras minuciosamente medidas por un instante de comprensión. Vivimos tasando el afecto, calculando el riesgo de la entrega con el rigor de un contable, temiendo siempre que el otro descubra nuestro saldo miserable.

Porque una nunca termina de saber, y esta es la condena de nuestra especie, qué es lo que busca realmente el que se para frente a la vitrina. Nunca sabemos a quién miramos cuando el cristal nos devuelve la mirada, si al que fuimos, al que seremos o al fantasma que nos aguarda en la madrugada.

Se sientan frente a frente. Dos extraños en un teatro de medias verdades, intentando descifrar el idioma mudo de las casualidades. Ella asiente, fingiendo un interés que quizás sienta, o quizás solo sea cortesía de alquiler, la moneda de cambio para que la velada continúe y el silencio no caiga sobre ellos al anochecer. Es una danza que todos conocemos, un rito que ensayamos frente al espejo del baño, aprendiendo a sonreír para evitar el daño, a fruncir el ceño cuando toca, a entregar solo una parte de lo que guarda la boca.

Yo los observo desde mi rincón, sintiendo esa extraña y melancólica compasión que nos asalta cuando descubrimos el truco del mago pero aplaudimos la ilusión. No hay moralejas que extraer de esta tarde de jueves, ni grandes sermones que quepan en las horas breves. Solo esta constatación rutinaria, casi musical y literaria: que pasamos la vida entera en el escaparate. Que nos vestimos, nos perfumamos, nos aplicamos el rímel y el disimulo, y nos mostramos tras el vidrio de nuestro propio cálculo, esperando que alguien golpee suavemente con los nudillos y pregunte, con voz queda, si hay sitio dentro.

Termino mi café, que ya es solo un poso amargo. La calle, fuera, se despereza en un abril que se hace largo. Pido la cuenta a la camarera, recojo mi bolso, mi libro y mi espera. Al salir a la acera, la brisa me toca la cara con su tibieza de primavera, y me cruzo con sombras, con chaquetas, con pasos de lluvia ligera. Todos somos, al fin y al cabo, la mercancía y el cliente, el que busca con prisa y el que aguarda pacientemente. Y en este laberinto de luces y de ciudades, me pierdo entre las claridades, y simplemente camino, dejando que la tarde me invente, un día más, entre la corriente.

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