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El barrio rojo

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15.04.2026

Siempre he sabido que abril tiene un color, un matiz que no es plomo ni añil, sino el tono exacto de la lluvia fina sobre ... el adoquín, una claridad indecisa que cruza la ciudad con el paso sutil. Me siento tras la inmensa cristalera del bar de la esquina, bajo una luz tibia y repentina, buscando en mi porción de tarta el consuelo redondo que la calle no atina a darme. Tras el cristal, la gente pasa. La avenida entera es un escaparate de pasos ligeros, de rostros lisonjeros, de sombras que se cruzan, se ignoran y se abrazan.

A mi derecha, a escasos dos metros de mi mesa, una muchacha con un abrigo fino color mostaza revisa la pantalla de su teléfono con la ansiedad de quien aguarda un milagro o una amenaza. Se coloca un mechón tras la oreja, alisa el pliegue de su falda vieja. Es su primera cita, o acaso la última batalla de su propia guerra. Se ha preparado con el esmero callado de quien sale a un escenario, puliendo la mejor versión de su propio misterio, ofreciendo su risa como un pasaporte. Las ciudades en primavera se vuelven crueles porque nos obligan a florecer, a desperezar el deseo, a salir al mercado de las vanidades con la esperanza alerta, aunque sepamos, por pura experiencia, que la decepción siempre se queda cerca.

Y mientras la miro, mientras mastico la corteza dulce de mi tarta, no puedo evitar recordar aquel viaje, aquella calle estrecha de Ámsterdam, con su agua oscura y su luz carmesí, pertinaz y despierta. Allí, tras otros cristales, vi exactamente la misma espera. No hablo aquí de moral ni de pecado, no pretendo........

© El Diario Vasco