El ángel del Apocaliptus
El reloj de fin de año en Madrid, foco de atención cada Nochevieja, tiene un correlato siniestro en el 'reloj del fin del mundo' que ... marca la cuenta atrás hacia el apocalipsis. Tras su reciente actualización, solo faltan 85 segundos para que todo se vaya al garete, lo que nos sitúa en el umbral más crítico desde que sus agujas comenzaron a girar simbólicamente en 1947 a iniciativa de un grupo de científicos occidentales.
Aunque no avienten serpentinas o confetis ni descorchen champán como se hace en la Puerta del Sol, hay quienes se regocijan con las estremecedoras 'campanadas' del fatídico reloj: son los profetas de la 'colapsología' que ven confirmadas sus sombrías previsiones. Conozco a uno que apodan 'Apocaliptus' debido a su fijación por el rastreo de signos de una inminente catástrofe. Unas veces dice que la causa provendrá de las armas nucleares, otras de la IA, tal vez por la devastación climática o por una esterilización colectiva (nuestro semen estaría siendo corrompido mediante sustancias tóxicas que ingerimos sin saberlo). Superada la decepción porque el covid no produjo el exterminio masivo que él vaticinó, en las páginas de esquelas advierte hoy los efectos retardados de aquellas 'mortíferas' vacunas.
Sea porque llueve o porque haga calor, estos 'Casandras' ven inminente la extinción de la especie (de la que ellos se librarán, claro). Y entretanto, disfrutan como niños imaginando ora una invasión bárbara en la que seremos pasados a cuchillo, ora un caos cibernético que nos sumirá en las tinieblas. Es como si la vida fuera una película de catástrofes en 4D frente a la que, palomitas en mano, aguardan su espectacular desenlace.
Anécdotas al margen, resulta incuestionable que en Occidente cunde una expectativa de fin de la historia que recuerda mucho a la de los romanos de tiempos de san Agustín, con el imperio en descomposición y el advenimiento glorioso de Jesucristo, la parusía, en perspectiva. Desaparecidas las creencias escatológicas, hoy son reemplazadas por una estética de lo sublime cataclísmico: el quinto ángel bíblico, portador de la llave del Abismo, pervive de alguna manera en el imaginario contemporáneo.
Culturalmente envejecidos y moralmente extraviados, nos comportamos como el achacoso terminal que proyecta su decrepitud sobre el mundo. La prueba es que nuestro pesimismo apocalíptico no lo comparten las sociedades del llamado sur global. Constatación de una neurosis occidental: al este del Edén el reloj del fin del mundo no marca la hora.
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