Irán, palo y zanahoria
Cuando el 3 de enero Nicolás Maduro fue capturado por los estadounidenses, hubo quienes se pronunciaron a favor de hacer lo mismo con Jamenei en ... Irán. Hasta Zelenski habló irónicamente de que se podía hacer lo propio con Putin. Personalmente, no creo que ésta sea una buena opción, pero cabe señalar que, en el caso del ayatolá, la cosa quizás no sea tan sencilla. Pese a que aún sabemos poco, sí conocemos que los americanos controlaban todos los aspectos de la vida de los Maduro (movimientos, dieta, costumbres, etc.). Tenían hasta una réplica de su vivienda en la que ensayaron la operación. Lo que quiere decir que estaban completamente infiltrados. De hecho, se ha hablado asimismo de los contactos previos con los hermanos Rodríguez y con Diosdado Cabello, figuras clave del chavismo. Lo cual sorprende porque también éste estaba desde hacía tiempo en el punto de mira de la Casa Blanca. Aunque tal vez lo más curioso sean los halagos que Trump dirige a Delcy Rodríguez, frente a la opción de María Corina Machado, quien, entregándole la medalla del Nobel, ha terminado por postrarse ante un individuo para el que la democracia es materia secundaria. Ya se ha visto que lo que buscaba era el control del crudo venezolano para impulsar la industria petrolera estadounidense y evitar la progresiva desdolarización imperante hoy día.
Sin embargo, la situación en Irán es otra. Venezuela ha experimentado, pese a la retahíla de golpes de Estado, periodos democráticos, y en la actualidad cuenta con una oposición más mal que bien articulada y con unos líderes opositores reconocibles, que, incluso, han llegado a ostentar cargos públicos. Por el contrario, en Irán, no existe semejante tradición. Algunos analistas sostienen que sólo el gobierno de Mohammad Mosaddeq, entre 1951 y 1953, puede considerarse como democrático. Fue él quien decidió nacionalizar el petróleo, lo que le valió una asonada auspiciada por Washington y Londres que se saldó con su derrocamiento. Desde entonces, tanto con el sha Reza Pahlaví como con los ayatolás, los iraníes han vivido en regímenes dictatoriales. De manera que, en estos momentos, ni hay una tradición democrática ni unos dirigentes capaces de encauzar el malestar existente en el país. Lo hemos visto en las manifestaciones pasadas. Es verdad que algunos participantes portaban la foto del hijo de Reza Pahlaví porque no hay alternativa. Es decir, las distintas formaciones que hay en Irán, desde las moderadas a las extremistas, comulgan con el régimen, de suerte que, en estos años, desde 1979, con la revolución de Jomeini, la oposición ha sido laminada. Es cierto que el heredero se ha postulado, desde su posición cómoda del exilio, como agente del cambio, pero no resulta muy creíble. Habiendo abandonado Irán siendo un niño, desconoce la realidad de la tierra que le vio nacer, además de haberse posicionado a favor de Estados Unidos e Israel, algo que no es una buena tarjeta de visita en Próximo Oriente. Unas marchas, no lo olvidemos, que tuvieron un cariz fundamentalmente económico, derivadas del bloqueo que sufre Irán desde hace tiempo, de la inflación y de la depreciación del rial. A ello se sumó la cuestión política, probablemente avivada por elementos externos.
Así, se ha querido ver en este descontento el inicio de la descomposición del poder islamista, de forma que, aprovechando su desgaste, algunos han pensado que ha llegado la oportunidad de acabar con él. Es, fundamentalmente, la tesis de Israel. Los varios miles de muertos alertaron a Trump para intervenir, si bien ahora su estrategia parece la de negociar. En concreto, quiere revisar el programa nuclear iraní. Un programa nuclear que se negoció en tiempos de Obama y que, cuando aquel llegó al Despacho Oval, se lo cargó a instancias de Netanyahu, a pesar del cumplimiento del mismo por parte de los responsables iraníes, verificado por el Organismo Internacional de Energía Atómica. Los bombardeos de junio sobre las instalaciones nucleares iraníes respondieron nuevamente a los deseos del primer ministro israelí, empeñado en aniquilar a las autoridades iraníes, calificándolas de peligro existencial. Lo que no es enteramente cierto si tenemos en cuenta que, últimamente, los primeros en golpear han sido siempre los israelíes y no los iraníes. Netanyahu, sin embargo, aspira a redefinir la zona y para ello no duda en recurrir a la guerra abierta en diferentes escenarios. Sabedor de que los países árabes jamás van a atacar Israel, ahora tiene la mirada puesta en Irán, porque un descabezamiento de sus líderes, a los que considera debilitados por las protestas, podría ser un gran logro para su supervivencia política. Está por ver, no obstante, que Trump caiga en su trampa o se deje guiar por la opción negociadora auspiciada por Turquía, Qatar, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Pakistán y Arabia Saudí. Tras una primera reunión en Omán, los contactos continúan. La amenaza militar también. Palo y zanahoria. Pronto sabremos si el magnate prima los intereses de Estados Unidos y persiste en la vía diplomática patrocinada por esos aliados o se pliega, como tantas veces, a los deseos de Bibi, aun cuando eso pueda hacer estallar la región.
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