Juan Pito
El valle de Belagua es una cubeta de mil metros de profundidad, excavada por hielos antiguos, donde la historia humana se parece al ajetreo de ... unas hormigas atrapadas en geografías colosales: pastores, arrieros y mujeres que atravesaban la cordillera en otoño para trabajar en las fábricas de alpargatas de Mauleón. «Cuando sopla el norte, nos cae la niebla y esto se convierte en una trampa llena de barrancos ocultos», me explicó Julián Gabás en la Venta de Juan Pito. En los días de niebla, su antepasado Juan salía a tocar un silbato -de ahí el nombre- y orientar a los pastores hasta este refugio. También a las golondrinas, esas mujeres que volvían de las fábricas vestidas de negro en primavera. «Pasaban la montaña y llegaban derrengadas, cargadicas con todo lo que habían comprado en Francia, vajillas, zapatos, sábanas enrolladas en la cintura...». Los guardias caían sobre las mujeres para multarlas por contrabando, requisarles las mercancías o sacarles algún soborno. «Aquí en la venta les esperaban los hermanos o los padres con los carros para llevarlas de vuelta al pueblo, era un espectáculo. A veces les pillaba una tormenta en plena montaña. En esa chimenea de ahí ponían a las mujericas medio heladas». En la misma puerta por la que entraban tiritando las golondrinas, ahora dejamos nuestras mochilas los montañeros: los afortunados que vemos en la montaña un escenario magnífico para el ocio y no un entorno terrible en el que sobrevivir.
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