Aquí está Hontza
En un funeral alegre me presentaron al dibujante Antton Olariaga. Le dije que me encantaban los ciclistas habituales de sus tiras en Berria. Compartimos el ... entusiasmo por Pellos, ilustrador del Tour, de esas gigantescas montañas con rostros crueles que devoran a los corredores minúsculos, del hombre del mazo que espera detrás de una curva. Me contó que Malabrocca, el que ganaba la maglia nera del último clasificado en el Giro, se alojó en Arantzazu con la selección italiana de ciclocrós en 1953 hasta que los expulsaron en plena madrugada por alguna barbaridad y acabaron dormitando en la plaza de Oñati. Le pregunté por sus tiras a veces misteriosas: «Es bueno dejar al lector con un poco de hambre».
Este encuentro fue el penúltimo regalo que me hizo la librería Hontza, que cerró el martes con un funeral divertido, multitudinario, emocionante. Era un tertuliódromo, tenían un fondo fantástico, te encontraban los libros más improbables y de pronto Esther te recomendaba una novela sobre buceadoras coreanas que jamás habrías leído y te deslumbraba. Contra el algoritmo segurola (si te gustó esto, te gustará esto otro), Tati, Yolanda, Dayana y Jon te sacaban de tus inercias lectoras hacia los terrenos desconocidos en los que se renueva la sorpresa y el placer. El último regalo me lo hizo Mónica: un mapa de papel. Se abre otro socavón en nuestra memoria de la ciudad pero no nos vamos a perder. Aquí estuvo –aquí la recordaremos siempre– la librería Hontza.
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