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Poner nombre a lo real

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07.09.2026

Imagen de archivo de un grupo de mayores en Las Teresitas / María Pisaca

Hay títulos que contienen ya una provocación. La fe de los ateos, de Boyer Tresaco, es uno de ellos. Basta leer esas cuatro palabras para que algo se remueva.

Estamos acostumbrados a pensar que la fe pertenece al creyente y que el ateo permanece al otro lado, en el territorio despejado de la razón. Uno cree; el otro, sencillamente, no cree. Pero quizá las cosas no sean tan fáciles.

Porque también quien niega tiene que hacerse una idea de aquello que niega y, sobre todo, de la realidad desde la que lo niega.

Durante mucho tiempo la discusión sobre Dios se ha planteado como un combate de argumentos. El creyente debía demostrar que Dios existe. El ateo esperaba tranquilamente al otro lado de la mesa. Si la prueba no llegaba, parecía ganar la partida.

El título de Tresaco introduce una incomodidad interesante: ¿por qué solamente uno de los dos tiene que explicar su posición? Afirmar que Dios no existe tampoco es permanecer en silencio. Es decir algo acerca de la estructura última de la realidad.

Sin embargo, quizá todavía estemos planteando mal........

© El Dia