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Pido la palabra

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Donald Trump, en una foto de julio de 2025. / Andrew Leyden - Europa press

Me imagino un Parlamento fluido, lleno de sabiduría donde las palabras tienen sentido. Y los silencios se traducen en una atención a las consiguientes réplicas que no se lleven apuntadas en un papel, ni él que habla, ni él que escucha. Y aunque revolotee cierta ironía, en modo alguno que no sea la ridiculez la que tome protagonismo.

Un Parlamento donde la política cobre altura que no sea estéril, encorsetada, capaz de romper con las palabras los posibles discursos anquilosados, sin cintura donde el respeto huya como alma que lleva el diablo.

Un Parlamento donde las posiciones ideológicas estén perfectamente definidas y la demagogia y el oportunismo no construyan un panorama de apatía y erosión de los pilares de la acción institucional. Lo que acarrearía crecientes dificultades de los partidos políticos para seguir siendo canales eficaces de trasmisión de demandas e intereses de los diferentes grupos sociales.

Un Parlamento donde la elegancia intelectual se aleje del barriobajerismo, así omo la impleza y el engolamiento empalidezcan y el entendimiento sea común, aún desde la diferencia que debe unir como nexo de irrupción de un mejor oportunismo ante una propuesta concreta. Tanto la de unos como la de otros.

Si no ¿ para qué la política?

Y donde se coincida en la pregunta: ¿Acaso Occidente no tiene en este momento una sensación desgarradora al no encontrar el camino de su torpeza de siglos que considerándose antorcha que alumbró a un mundo que permanecía a oscuras se encuentra desaparecida, perdida dentro de su propio cuerpo político, llamémosla Unión Europea y Otan, hoy comandada y atemorizada por Estados Unidos?

Ante esta situación se puede decir, con cierta certeza, que pertenecemos a un espacio apretujados unos con los otros que nos miramos más como enemigos que amigos. Y estemos a la espera que alguien que nos ha puesto en modo de supervivencia pudiera comenzar una era de tiranía que está en latencia o de un espacio histórico de iluminismo estúpido más aun del que muchos tienen.

Un Parlamento que no sea un canto a la desesperación ni al desamino, pero si tener en cuenta que hay miles y miles de desaparecidos en guerras mediatizadas, sin héroes, y proyectadas que tardaran tiempo en encontrarse. Y lo más frustrante cuando llegue el día del encuentro no se reconozcan ni por los rescatadores, ni por ellos mismos, depauperados y vacíos de todo contenido humano.

En realidad, todos hemos desaparecido, víctimas y enfermos de la ponzoña que han administrado al ser humano con lo que sumados unos y otros, quizás amparándonos en la virtualidad se pueda escapar, al menos momentáneamente, y dar la alarma que hemos sido encontrados en la escollera de una playa cualquiera o en un desierto diferente.

Ya que como diría Jean Baudrillard, «La guerra del Golfo no ha tenido lugar, pero tanto simular guerras que la verdadera victoria de los simuladores de guerra estriba en haber metido a todo el mundo en la podredumbre de esta simulación».

Con este pronunciamiento hacía referencia, el pensador francés a la contienda de Occidente e Irak. Hoy por el exceso de gestos, unos cargados de realidad y otro de simulacros, el despiste a que nos tienen sometidos es mucho más alarmante y altamente peligroso.

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