El recuerdo infinito de Alfonso García-Ramos
Alfonso García-Ramos era un muchacho y lo fue hasta su muerte. Feliz, campechano, alegre, sabio, generoso. Lo vi enfadarse con grandes amigos y al día siguiente lo veía reírse con ellos. Jamás respondió a la maldad con lo mismo, sino con aquella capacidad que tuvo para perdonar, aunque a sí mismo se perdonaba poco.
Era una persona fuera de serie.
En el capítulo de la generosidad de Alfonso hay mucha gente, y por lo tanto ahí yo estoy también. Cuando este que lo recuerda ahora era un muchacho que aspiraba a ser periodista (lo aspiro aun, la verdad) lo iba a verlo cada día, todos los días, al diario La Tarde. A veces me dirigía a él, pero siempre lo veía atareado, y entonces yo hacía como que iba a un recado, hasta que pasaba el tiempo y me hacía de nuevo el encontradizo.
Él sabía que yo lo esperaba para que, tarde o temprano me trasladara en su coche francés al Colegio Mayor San Fernando, donde pasé años de escuela. En el periódico él era el más moderno de los redactores (ocupó, sucesivamente, todos los puestos, hasta que murió don Víctor Zurita y Alfonso fue su director), el que describía mejor lo que pasaba en el mundo, y también el pequeño mundo que eran Santa Cruz y sus alrededores.
A veces él gritaba desde la Redacción a los talleres para advertir de un error o de una errata, pero........
