Las palabras son aire
Greenpeace despliega una pancarta gigante en la Puerta del Sol con el lema "No a la guerra"
Si un delincuente está agrediendo a una mujer en plena calle, intentando arrastrarla hacia un callejón oscuro, estaríamos a favor de que aparezca una patrulla de la policía, fuertemente armada, para reducir por la fuerza al agresor. De hecho, la obligación legal de cualquier ciudadano sería intervenir en auxilio de la víctima, impidiendo que se consumara el crimen.
No se entendería que ante esa situación la policía se limitase a echar un discurso al delincuente, poniendo en evidencia que la violencia es un camino equivocado. El pensamiento si en algunos casos no viene seguido de la acción es completamente inútil.
Existe un ilusorio infantilismo en intentar apropiarse del prestigio y la notoriedad política. El presidente de España gritó «no a la guerra» y se felicitó, entusiasmado como un niño, al interpretar que cuando otros dirigentes del mundo dijeron lo mismo le estaban apoyando a él. Lo que parece un exceso de vanidad, porque, como es obvio, hay que ser un idiota de mucho cuidado para pronunciarse «a favor» de una guerra.
La súbita agresión de Rusia contra Ucrania, la violación de sus fronteras y la invasión, fue respondida con indignación por muchos países de Europa. Se prometieron sanciones bíblicas contra el autócrata Vladimir Putin y la economía rusa, pero han pasado ya varios años y la guerra ha seguido hasta convertirse en algo cotidiano.
Luego, en 2023, vino un ataque de Hamás, un grupo terrorista palestino que gobernaba -y gobierna- la franja de Gaza: entró en territorio judío y mató a mil doscientas personas y secuestró a casi trescientas. La respuesta de Israel casi termina borrando a Gaza de la faz de la Tierra. Y provocó la repulsa de algunos gobiernos europeos -como el nuestro- y la imposición de sanciones económicas contra el país agresor que, a su vez, había sido agredido. Después vino lo del secuestro nocturno de un dictador, Nicolás Maduro, sacado a la fuerza de su propia cama y en su propio país. Algo que no estaba bien, pero que muchos condenaron con la boca pequeña porque el bien producido -a su juicio- justificaba el malísimo método. Y por último el ataque nada sorprendente a Irán que acabó con la muerte de su líder religioso y varios de sus más importantes colaboradores.
Ante todo esto, la gente se posiciona «en contra» o «a favor». Como si fuera un partido de fútbol. Como si eligiendo quiénes son los malos convirtiéramos a los otros, automáticamente, en buenos de solemnidad. Como si nuestra opinión virtual tuviese alguna trascendencia en el mundo real.
Los discursos de consumo interior, en las democracias, suelen hacerse para llevarse al huerto propio la mayor parte de las simpatías electorales. Se puede hacer un discurso contra la guerra mientras se manda un barco de guerra en misión de paz. Las palabras aguantan lo que sea. Pero lo que termina imponiéndose es la cruda realidad. Lo que dijo, con escasa fortuna, Von Der Leyen. El viejo orden mundial ha sido demolido y vivimos un tiempo oscuro, donde reina la ley del mas fuerte. Ver a alguien cometiendo un crimen y limitarte a decir, indignado, que lo rechazas, no ayuda en nada a la víctima. En el mejor caso, solo a tu conciencia. En el peor, a tu cinismo electoral.
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