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Juego de espejos

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08.04.2026

El excomisario José Manuel Villarejo a su llegada al primer día del juicio de la Operación Kitchen, en la Audiencia Nacional, a 6 de abril de 2026, en San Fernando de Henares, Madrid (España). El caso Kitchen investiga la presunta operación del Ministerio / Alberto Ortega - Europa Press

Tal cual estaba previsto, Moncloa está aprovechando el combustible del juicio a la trama política y policial del caso Kitchen para generar humo que tape el escándalo de la presunta corrupción de Ábalos, Koldo, Aldama y algunas importantes figuras del PSOE. La extrema izquierda y la extrema derecha -los extremos se tocan- haciendo leña del árbol con termitas, gritan «ahí tenéis, la corrupción del bipartidismo». ¿De verdad que se han pensado ese argumentario?

Si P. Sánchez gobierna es porque la extrema izquierda, con Pablo Iglesias primero y Yolanda Díaz después, le dio su apoyo. Y no se puede estar en misa y repicando. Si el Sanchismo cae fulminado por las cargas judiciales de demolición que van a ir estallando en secuencia a lo largo de los próximos meses, lo hará porque sigue en el poder apoyado precisamente por quienes se escandalizan. ¿Y a quién está condenado a apoyar Vox? Lo mismo, pero al otro lado. Aquí a cada nazareno le toca aguantar su propio cirio.

La trama de la financiación ilegal del PP, Bárcenas y las cloacas de la Kitchen acabaron con el Gobierno de Mariano Rajoy, al que echaron a patadas con una moción de censura mientras el interfecto se mandaba un par de whiskies no lejos del cementerio del Congreso donde le estaban cavando la tumba. La factura de la corrupción no se pasó al cobro en las urnas, sino en la política institucional. El pasmado rey gallego, o sea, Núñez Feijóo, ni estaba en Madrid ni, por aquel entonces, se le esperaba. Llegó primero un tal Casado que, como Pablo Iglesias, se quiso medir con Isabel Díaz Ayuso y acabó sin plumas y cacareando.

El PP pagó sus escándalos perdiendo el Gobierno. ¿Con qué lo pretende pagar el Sanchismo? Pues con la cristiana contrición, que es el dolor del alma por haber pecado y un perdón en prime time. P. Sánchez ha aprendido mucho del espíritu de arrepentimiento de sus colegas de Bildu. ¿Qué es un tiro en el cogote frente a una lágrima sincera? Si José Luis Ábalos le salió rana -«te escribo para trasladarte mi solidaridad ante los infundios que, por desgracia, estamos viendo en los medios», le decía a su amigo del Peugeot- el precio a pagar es decir que prácticamente no le conocía. Y que le echó del Gobierno, aunque cuando le echó dijo que no le echaba por nada. Palabra de Sánchez. Y después de Ábalos, fue Santos Cerdán, «que tiene toda mi confianza y es de mis más estrechos colaboradores», atacado por las hordas fascistas mediáticas. Y con ese nuevo caso, volvió a usar la vieja cataplasma cristiana de la contrición. Ya hemos pedido perdón. Ya hemos expiado la culpa. Ya podemos comulgar.

La trama Kitchen causó una extinción masiva de especies dentro del PP. El escándalo del pelotazo de las mascarillas, las chicas de compañía, los familiares encausados y el impacto de las redes de enriquecimiento que están por aflorar -China y Venezuela mediante- no se arreglan con un perdón y tres avemarías. Si P. Sánchez quiere mirarse, ante su público fiel, en un espejo equivalente -aunque mal de dos lelos consuelo de un tonto- la imagen que se refleja no es la de Feijóo, sino la de M. Rajoy. Solo que Rajoy pudo irse tranquilamente desde Moncloa a su casa.


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