Eso de la vida
Excalibur fue sacrificado tras ser sedado
Me pregunta un amigo por qué miles de personas salieron a la calle a protestar contra Rajoy por la muerte del perro Excálibur y nadie lo ha hecho por la eutanasia de Noelia. En 2014 una enfermera española, Teresa Romero, contrajo una peligrosísima infección por ébola cuando atendía a un religioso español que se había contagiado en Liberia. Al conocerse el caso la sanitaria fue ingresada. Se aisló al marido de la enfermera. Y las autoridades decidieron que el perro de Teresa, llamado Excálibur, debía ser sacrificado para prevenir cualquier propagación del virus y alguna gente protestó para defenderla la vida del pobre animalito.
Noelia era una persona adulta, de 25 años, que solicitó su propia muerte asistida. Lo del perro fue una decisión ajena. Si los perros tuviesen posibilidad de argumentar es posible que Excálibur hubiese pedido que le aislaran, como al marido de la enfermera, en vez de apiolarlo preventivamente. Así que el gran hecho diferencial es un acto de voluntad expresada.
Pero el asunto tiene más aristas. El Tribunal Supremo está estudiando ahora si una tercera persona puede oponerse legalmente ante una eutanasia ajena. La muerte de Noelia fue frenada veinte meses por recursos jurídicos hechos por su padre y la asociación de Abogados Cristianos. Otro caso: Francesc, de 55 años de edad, tiene aprobada una muerte asistida desde hace más de dos años pero la ha visto retrasada por recursos de su familia. «Yo no soy yo. Para mí esto no es vida», ha dicho ese hombre que quiere cerrar los ojos para siempre.
El problema es si aceptamos o negamos que los individuos somos los dueños de nuestros cuerpos y vidas. Cada año en España se producen casi cuatro mil suicidios. Cuando una persona tiene autonomía puede ejecutar su propia muerte por sí solo. Es inevitable. Pero cuando padece severas limitaciones físicas, necesita de la ayuda de otro a quien, hasta ahora, se puede considerar cómplice de asesinato.
El Estado se otorga en exclusiva el poder de asistir a quien quiere morir. Pero el Estado es algo muy complejo. Hay sanitarios que se niegan a asistir una eutanasia de un ser humano que sufre. Hay tribunales que chapotean en las dudas, entre lo humano y lo escatológico. Hay chamanes que creen en una improbable existencia celestial, con huríes o angelitos, a gusto del delirio de cada cual, que consideran que la vida es un alquiler de los dioses, que ellos representan en la tierra. Es un choque entre el espíritu y la carne. Los administradores de fincas del Paraíso defienden sus propiedades aunque dios no pague las facturas de los hospitales, ni alivie el dolor, ni haga puñetero caso de su propiedad. Y en esa batalla, la izquierda defiende que somos los dueños de nuestro cuerpo para matarnos, pero no para alquilarlo, y la derecha cree en la propiedad privada, pero quiere expropiarnos nuestra voluntad en nombre de los cielos. Empate en un concurso de necedades.
Nuestra vida debe ser nuestra. Para bien o para mal. Podemos creer que el suicidio no es una solución. Pero eso solo vale para nosotros mismos. El Estado se piensa el dueño de nuestra carne. Y los brujos quieren nuestra alma. Los dos viven de nosotros y están defendiendo su negocio.
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