Todos los fuegos
Varias personas observan el fuego durante las labores de extinción del incendio forestal, a 25 de julio de 2026, en La Adrada, Ávila, Castilla y León (España). / César Vallejo Rodríguez - Europa Press
Cada verano asistimos al mismo ritual. Cambian los nombres —hoy Ávila, Madrid o Valencia; ayer Portugal, Grecia o California; mañana Australia de nuevo, o cualquier rincón del Mediterráneo—, pero las imágenes son las mismas: columnas de humo visibles a decenas de kilómetros, pueblos desalojados, carreteras cortadas, vecinos huyendo con lo imprescindible y miles de profesionales y voluntarios luchando contra un fuego que tiene vida propia. Lo extraordinario ya no es que los veranos sean un tiempo de fuego, lo extraordinario sería que por fin dejara de ocurrir.
A pesar de la acobardada naturalidad con la que se asume lo inevitable, seguimos reaccionando ante cada feria del fuego como si los incendios fueran una anomalía, como si nos bastara señalar con el dedo al gobierno de turno —al que menos nos guste— para explicar la imposibilidad de atajar la destrucción. Se trata de una simplificación recurrente —la culpa es de los otros— quizá rentable a efectos de cambiar algo el relato de nuestra corrupción de cada día. Hace al menos un cuarto de siglo que padecemos incendios cada vez más violentos, más........
