La era del fin de la lectura ha llegado
Sócrates —eufórico y desaforado— fue el primero en levantar la voz en contra de los papiros y de la eventual aparición de la primera biblioteca de la humanidad en Alejandría. ¡Cómo podía permitirse semejante afrenta contra el conocimiento y su cimentación diaria gracias al diálogo! ¡Cómo era posible que se "atrapara" o "secuestrara" el conocimiento en unos adminículos guardados en estanterías dentro de un edificio, en desmedro del saber colectivo, de la discusión y del intercambio de los hallazgos de la vida cotidiana! ¡Cómo era posible semejante sacrilegio socrático!
Esta negación socrática tenía sus raíces en el hecho de que, para el pensador —libre y en permanente curiosidad por saber—, el papiro era una brida para el diálogo, el intercambio de conocimientos, la discusión y la profundización sobre uno o varios temas. La reflexión sostenía que estos documentos ponían en riesgo la capacidad de memoria y de retención natural de los saberes. Al saber que "todo" estaba contenido en un pergamino, no había razón alguna para esforzarse en retener conocimiento; por ello, el impulso natural de la curiosidad corría el riesgo de desaparecer frente al almacenamiento de las letras.
Lo llamó la ilusión de la sabiduría.
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