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Perdón regio

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07.04.2026

07 de abril 2026 - 03:07

Aveces confluyen el lugar, el día, el público y la gracia para hacer real y redondo un domingo en el que Morante resucitó delante de todos. Incluido un rey que, a falta de indultos a toro alguno, recibió él mismo el ansiado perdón de su público, el que copaba los tendidos felices de que ‘uno de los suyos’, con las sombras de toda corte que se precie, vuelva a casa, como se dijo.

Resucitó el rey emérito con hasta dos toros que le brindaron en la más monárquica de las plazas, la de la Maestranza, donde en sombra visten corbata y en sol pues lo que el Betis diga.

Décadas llevaba yo sin ver los toros. La sensibilidades cambian, se modernizan. Pero quería ver con ojos propios el temple ante el abismo del peligro, el desprecio de la cautela del miedo interpretado por este fenómeno taurino de este nuevo siglo. Y vaya si lo ví. Vibré con tal dominio de un toro, el segundo, noble pero quedo al que el de la Puebla le supo sacar todo el arte danzando en círculos por momentos con él, aguantando incluso la frenada en mitad de una verónica. Venciéndose para vencer.

Lo de toreo es una sinrazón pura. Ya no intento razonarlo. Es. Como es el amor, el odio, la ira o el arte verdadero. Como el perdón o la compasión por un rey que tanto bueno hizo hasta que supimos todo lo que no hacía bueno.

El toro es metáfora de la crueldad de la vida. Nada se interpone entre esos pitones como dagas y la carne salvo una conexión invisible entre el hombre y el animal que pocos consiguen. Morante es uno de ellos.

En la estela de los mitos, Morante salió triunfal, bendecido y hasta retransmitido en directo con unos tendidos cuajados de pañuelos, también se diría que para este rey ya marchito que empieza a ser tolerado siempre que afloje como cualquier vecino. Sólo asi entrará a hombros en ese Olimpo de la Puerta del Príncipe, tan sereno y complacido como Morante de la Puebla, ese nuevo príncipe de las plazas que hasta acariciaba con mano amable el asta del toro en franco alarde y mirando al tendido. Y que no quiso salir a hombros, ojo. Por excesivo.

El rito a veces lleva al climax y este nuevo Curro, este de Paula sin tanto miedo, supo conducir el tiempo hacia lo que todos preveían. Al arte de la escenificación cañí del real perdón, ese que está más allá del propio, del menos común de los sentidos.

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