Profesor y policía de la IA
31 de marzo 2026 - 03:08
La etimología es, según su propia etimología, el estudio del originario significado de las palabras: étymos es auténtico; lógos, palabra. Un cosmos lingüístico apasionante, hasta el punto de hacer de las raíces, ramas y maridajes de los términos con que nos expresamos un vicio de curiosidad e indagación que desdeña el pragmatismo y utilitarismo, en favor de una suerte de verdad teórica sobre el valor de las ideas. Los romanos mamaron para el latín innumerables prefijos, sufijos y voces completas del griego, que, muchos siglos después, constituyen conceptos comunes de todo tipo de saberes en las lenguas del mundo.
Por ejemplo, profesor es “quien declara en público su conocimiento o fe”. Hija y madre de “profesor”, LA profesión o deberes del cargo del docente hacia los discentes o alumnos incluye una carga de vigilancia. No sólo la de asegurarse de ser entendido con mediano rigor, sino la de gobernar el comportamiento de aquellos que están a su cargo, aún legos o diletantes en la materia que imparte su magister, cuya etimología viene a significar “quien más sabe de lo que sabe, y por ello es en su asignatura jefe y superior”. La de profesor es un oficio que exige, en puridad y perfección, dos cualidades o rangos: la auctoritas (autoridad moral y prestigio que permite influir sin coerción en sus discípulos) y la potestas (el mando por jerarquía o decreto, quizá ajeno a la admiración de los subordinados). Vulgaricemos, por comparar: la auctoritas del profesor Keating –Robin Williams– de El Club de los Poetas Muertos, frente a la implacable potestas del sargento instructor Hartman –R. Lee Ermey– de La Chaqueta Metálica.
La función de vigilancia del profesor incluye en la era digital el comprobar que los deberes o trabajos en los centros de enseñanza son auténticos, o bien citados, y no plagiados con corta y pega de webs. Ni, ya para matrícula de honor, con el claroscuro prodigio de la Inteligencia Artificial. Un bendito monstruo. Y valga el oxímoron, que, aunque es etimológicamente “agudamente tonto”, usamos como figura retórica que, de dos palabras opuestas, alumbra una paradoja o una sugestiva creación semántica. Para quien profesa en clase, la vigilancia del hurto de autoría o plagio es una casi heroica y no poco policial peoná (modismo andaluz del que rehusamos dar cuenta).
También te puede interesar
Profesor y policía de la IA
Los cuernos del toro del ‘Guernica’
Lo que viene después de Semana Santa
Semana Santa: Gozo, obligación y devoción
Sánchez, Cuerpo y España
Cauto rebote del mercado
