Una Bienal de escaparate
Vista del Puente de Triana y el escenario levantado en el Muelle de la Sal para el espectáculo 'Mujeres gitanas'. / Juan Bezos
Ahora que la Bienal se ha acabado, con el cuerpo aún agotado de este trajín incesante y la cabeza llena de estímulos, la frase que advertía en la web de que "el programa [de los espectáculos] no está sujeto a repertorio" toma un nuevo sentido. Porque, aunque el mensaje se refería a la ausencia -por primera vez en su historia- de textos con los elencos artísticos y detalles de las propuestas, descubre el desinterés que se ha tenido en esta edición por todo lo que queda fuera de la foto.
Al contrario de esas revelaciones, que han ido anunciando el rostro de los protagonistas como parte de la campaña de comunicación, la flaqueza de la cita ha estado precisamente en lo que no se ha dejado ver. Esto es, al margen de los habituales triunfos o chascos que deja el cartel y de las opiniones particulares, la Bienal adolece de un proyecto cultural de ciudad sólido que entienda el evento con el compromiso y la complejidad que exige.
Resulta paradójico que la edición con mayor presupuesto de la historia, cifrada con más de 2,3 millones de euros, sea la más pobre que se recuerda en cuanto al cumplimiento de los ejes estratégicos que debe perseguir un festival público de esta envergadura: construir redes, impulsar el talento, apoyar el tejido creativo y local, difundir y divulgar este arte, favorecer la creación, generar comunidad, sostenibilidad, acceso y democratización…
La Bienal adolece de un proyecto cultural de ciudad........
