Rufián y Montero naufragan en el tiempo perdido
El fenómeno decadentista que protagonizan Irene Montero y Gabriel Rufián responde a esa patología de la modernidad que confunde la intensidad de la parroquia con la credibilidad de su mensaje. Se han erigido en los timoneles de una izquierda que ya no los reconoce como guías, sino como productos de un ecosistema mediático que se retroalimenta del conflicto y la hipérbole.
Existe en ambos sujetos una ceguera voluntaria que transforma el contador de seguidores de una red social en un acta de escrutinio favorable, ignorando que el impacto en las pantallas acostumbra a mostrarse inversamente proporcional al peso en las urnas. Son figuras que habitan un vacío representativo, suspendidas en una popularidad de diseño y de fervor mediático que no cristaliza en una mayoría social, sino en una resistencia de nicho.
Este maridaje de circunstancias entre la exministra y el portavoz republicano no es el resultado de una convergencia ideológica sólida, sino de una necesidad mutua de supervivencia ante la intemperie. La aritmética política es tozuda y suele castigar la soberbia de quienes creen que dos debilidades, por el simple hecho de aproximarse, pueden generar una fuerza gravitatoria nueva. Lo que hay es una suma de precariedades. Se buscan para no desaparecer del encuadre, para mantener la cuota de pantalla que el sistema les concede mientras sigan resultando útiles para el espectáculo. La debilidad estructural de su alianza se manifiesta de forma obscena en esa pregunta que ahora utilizan como asidero: "¿Qué hay que hacer?". Es el interrogante del náufrago que ha perdido el norte y espera que la providencia, o tal vez un nuevo algoritmo, le devuelva el sentido de la marcha. Un liderazgo que pregunta qué debe hacer es un liderazgo que ha agotado su capacidad de propuesta y se limita a la vana gesticulación.
Un seguidor no es un partidario. Un "me gusta" no es un voto. Una tendencia no es una mayoría. La política digital permite acumular atención sin construir representación. Permite existir mucho sin pesar demasiado. Y esa es la paradoja que atraviesa este intento de alianza: dos figuras muy visibles que no representan a nadie de forma consistente. No articulan un bloque social. No organizan intereses. No encarnan una mayoría potencial. Encarnan, en el mejor de los casos, una conversación voluntariosa.
La literatura ha retratado con crueldad estos encuentros de conveniencia donde la ambición compartida es el único pegamento disponible. El matrimonio de los Verdurin en En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, ilustra a la perfección esa obsesión por el control de un pequeño círculo social, de un "clan" donde se exige una fidelidad absoluta y se vive de espaldas a la realidad del mundo exterior. Al igual que los Verdurin, Montero y Rufián han construido un salón de fieles donde se celebra su ingenio y se ignora su irrelevancia fuera de los muros de la secta. Creen dirigir el espíritu del tiempo cuando apenas logran tutelar los prejuicios de los suyos. Son personajes proustianos atrapados en una representación permanente, convencidos de que su presencia en el escenario es indispensable para que la función continúe, sin advertir que el público ha empezado a abandonar el teatro hace ya varias escenas.
El voluntarismo de este pacto se estrella contra la realidad de una sociedad que empieza a estar saturada de rostros que no proponen soluciones, sino que simplemente se exponen. El impacto mediático es una moneda devaluada que ya no compra poder real, sino solo una prórroga de visibilidad. Ni el carisma impostado de uno ni la rigidez doctrinaria de la otra sirven para ocultar que detrás de la pirotecnia no hay un proyecto de país, sino una estrategia de mantenimiento de marca. Al final, este matrimonio de conveniencia quedará como el testimonio de una época en la que la política prefirió el brillo de la superficie a la profundidad de los cimientos. Dos figuras que, en su afán por salvar a la izquierda, solo han conseguido certificar su propia soledad sonora en medio de una multitud que ya mira hacia otro lado.
El acto anunciado en Barcelona el 9 de abril nace con una pregunta ("¿Qué hay que hacer?") que no interpela al votante, sino que delata a quienes la formulan. No pregunta al país. Se la hacen entre ellos. Y al proponerlo en público, convierten la duda en programa. No hay dirección, ni marco, ni siquiera una intuición reconocible de proyecto. Hay desconcierto revestido de consigna y una desesperación que retrata el erial de la ultraizquierda.
