No hay camarero para tanto restaurante
Si usted, querido lector, ha sido uno de los afortunados que este verano ha disfrutado de unas merecidas vacaciones en España —norte o sur, costa del Sol o costa cantábrica, Mediterráneo o Atlántico— seguramente se habrá topado con una circunstancia tan frecuente como aparentemente inexplicable. Su restaurante favorito, aquel en el que hasta hace poco había que mendigar una mesa con varios días de antelación, ahora solo sirve cenas. O cierra dos días a la semana. O ha reducido el número de mesas. O ha suprimido el segundo turno. O, directamente, ha bajado la persiana en pleno agosto. Y no porque falten clientes. Todo lo contrario.
¿Cómo es posible que en la California europea, en plena edad de oro del turismo, gallina de los huevos de oro del modelo económico patrio, un restaurante renuncie voluntariamente a facturar si tiene la terraza llena y una cola esperando en la puerta? Cuando la misma escena empieza a repetirse en Marbella, Cádiz, Baleares, Alicante, Asturias o Cantabria, quizá convenga levantar la vista del mantel. Porque detrás del camarero que no llega se esconde algo más que una cerveza caliente.
En España hay casi dos millones y medio de personas buscando empleo y, al mismo tiempo, restaurantes incapaces de encontrar trabajadores. La patronal de hostelería calculó al comienzo del verano que había alrededor de 50.000 puestos sin cubrir en restauración y alojamiento. Entretanto, el sector había alcanzado en mayo el récord histórico de afiliados a la Seguridad Social. Es decir, nunca había trabajado tanta gente y, pese a ello, faltaba gente para trabajar. Bienvenidos a una de esas paradojas de la economía española que no caben en un tuit triunfalista de Moncloa.
El viejo soniquete de que "la........
