De la kufiya a la toga: se acabó Irán, regresa el Supremo
Comienza el primer juicio a Ábalos y, con él, se evapora el resuello geopolítico del que ha disfrutado Pedro Sánchez durante estos meses a cuenta del ruido de sables en Irán y del reciclaje oportunista del viejo "No a la guerra". Porque la política internacional, como los analgésicos, sirve para mitigar el dolor, pero no para curar la enfermedad.
El hecho de que vivamos en un estado de permacrisis —siempre pasa algo lo suficientemente grave que tapa lo anterior—, y de que el presidente haya aprovechado la coyuntura para blanquear su imagen y presentarse como icono pop del progresismo global ("ya es la Némesis de Trump, nos lo reconocen en todo el mundo", dicen en Moncloa; "one of the few leaders defending international rules", añade Mazzucato), no puede ocultar lo esencial: estamos ante un Gobierno erosionado por la corrupción, sostenido con alfileres parlamentarios y desprovisto de cualquier pudor político.
El mismo sectarismo doctrinal con el que nos han saturado estos meses, esa liturgia moralizante desde tribunas, platós y timelines reivindicando el sacrosanto derecho internacional y la superioridad ética del sanchismo, sufre luego de amnesia súbita cuando se trata de mirar hacia dentro.
Esto es, cuando se trata de hablar del nepotismo monclovita, las conductas machistas, las denuncias de acoso en Ferraz, los negocios de José Luis Rodríguez Zapatero con Plus Ultra o la entrega en bandeja de plata del Sáhara a Marruecos. Ya saben: el derecho internacional es como ponerse a dieta: se sigue con entusiasmo, salvo cuando hay una buena........
