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San Jorges

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No sé cómo explicarle a mi hijo mi admiración por San Jorge. Mi pasado scout —es su patrón mundial— choca con su recién adquirida pasión por esa mezcla de pterosaurio y lanzallamas que glorifican ahora decenas de series animadas dirigidas a su tierno y receptivo cerebro. Dragones con cerebro y sentimientos, simpáticos, generosos e integrados. Yo también las veo los sábados. Y por eso puedo entender la desazón que le genere tener un padre al que le hicieron admirar al bravo soldado que arriesgó su vida para acabar con la de un dragón sibarita que solo comía jóvenes anatómicamente íntegras. A mejor contar, la historia de un mercenario que, con tal de desflorar a la hija virgen del monarca, se atrevió a adentrarse con el suficiente sigilo en la morada del lagarto como para evitar su reacción antes de atravesarle pica en ristre, buscando en realidad vía libre a su coyunta. Un matadragones, no puede haber persona peor en el mundo ahora mismo para mi hijo. Nosotros, cuando los dragones no hablaban, admirábamos el valor, el sacrificio y el honor de San Jorge. Algún día juzgarán a Walt Disney por el daño real que nos ha hecho, a nosotros y sobre todo a las nuevas generaciones.

La Corona de Aragón, en tiempos de ensalzar a sus caballeros, de arengarlos, promovió el culto al hidalgo como icono de entrega y valentía, de sometimiento al rey. Por eso con los años acabó patrón de Cataluña. Tras su unión a Castilla, y su permanente deseo de desunión, San Georgius tornó San Jordi. El elefante en la habitación, el germen del España nos roba, se engendró con el dragón en la cueva. El símil de la victoria sigilosa, de la causa justa, del David contra el Goliat alado, parece que fue cuajando. La iglesia lo alimentó y nada mejor para el independentismo que un eufemismo y un enemigo exterior. Un animal mitológico al que culparle de todo, imposible que no cuajara la tradición y la afrenta.

Puede que, con la llegada de El Corte Inglés, la versión de que de la herida mortal arrojara, a más de sangre, una rosa roja impoluta y engalanada permitió mercantilizar y rentabilizar la fiesta. Devino el regalo de la rosa en obligatorio mandato para el enamorado o el casado que no quisiera quedar mal con su enamorada o su esposa. O con las dos. Con el tiempo se les hizo poco a los de marketing y pensaron que un regalo por cabeza podía tener recorrido en la sensibilidad patriotera, en la economía de bandera, en el gasto que demuestre algo.

El cómo y por qué acaba el santo varón de referencia literaria tiene que ver con otro mito con las mismas posibilidades de ser real que el propio animalito. El mismo día que el santoral recuerda al matador del mito coincide con el asignado a la muerte de otros dos monstruos: Cervantes y Shakespeare. Eureka, dijeron en el brainstorming. Hay que alimentar la pasión y la mente, pero que pasen por taquilla para que sea evidente. Entró la tradición como lanza en cuerpo y las ramblas florecieron y las librerías obtuvieron sus frutos, y todo el mundo tan contento.

El desvarío definitivo se ha consumado este año. Por señalar la poca relación del guerrero con la lectura están abrasando a Eduardo Mendoza. ¡A la hoguera!, es literal, quieren mandar la obra del genial catalán que peca escribiendo en castellano. La deriva fantasiosa de las mentes que viven mejor del cuento que de la vida misma, señala al autor como traidor y enemigo. Como desertor de un ejército en el que nunca militó. Echan fuego por la boca, replicando a todo el mundo y replicando a su dragón interior. Y proponen, y no es broma, la quema pública de sus libros la próxima noche de San Juan. A mí esto me suena a epílogo. Porque, ¿qué se puede argumentar con quien propone la pira? ¿por dónde le empiezas a hablar para llegar a algún consenso?

Es literal, quieren mandar la obra del genial catalán que peca escribiendo en castellano

Las referencias a nazis, fascistas y bolcheviques, a integristas musulmanes como epítomes de sus propuestas y no se dan por aludidos. Les hablas de libertad de expresión y rugen y levantan el vuelo. Y cuando aplicas la razón, cargando de argumentos tu exposición, recibes el insulto por respuesta y el desprecio por única explicación. Algo va por mal camino si los siguientes pasos ya no son cancelar, son convertir en ceniza en pública exhibición aquello que no te gusta, aquello que es otra opinión.

Los símbolos toman fuerza. Y de su simplicidad ganan adeptos. Camisetas y banderas, rosas y pan con tumaca, cañas, procesiones y atascos, toman posiciones a ambos lados del muro ficticio que nos separa. Me quedo frío de pensar con qué tendremos que alimentar las hogueras cuando acabemos con los libros. Igual tenemos que resucitar algún malvado dragón que nos caliente.


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