¿Se han vuelto inmunes los mercados a la guerra?
Uno de los fenómenos que más desconcierta a los inversores —sobre todo en sus primeros años— es la aparente indiferencia de los mercados financieros ante guerras, atentados o catástrofes naturales. Estalla un conflicto en Oriente Medio; se produce un atentado terrorista en una capital occidental; una tragedia humanitaria de enormes proporciones sacude a un país, y la reacción inicial de las bolsas suele ser negativa. Sin embargo, en cuestión de días los índices recuperan el terreno perdido. En ocasiones, incluso cierran en positivo el mismo día del shock.
La invasión rusa de Ucrania en 2022 es un ejemplo reciente. Las caídas iniciales fueron intensas, pero se revirtieron en pocas semanas. Cada nuevo episodio de tensión en Oriente Medio parece generar un impacto decreciente. Incluso tragedias de enorme magnitud, como el tsunami del océano Índico de 2004 —que provocó más de 200.000 fallecidos— apenas dejaron huella en los mercados globales.
Confieso que, durante mis primeros años como gestor de fondos, esta dinámica también me sorprendía. ¿Cómo era posible que, tras un atentado terrorista en el metro de Londres, el mercado comenzara desplomándose y terminara la sesión, en el cierre estadounidense, en positivo? ¿Se habían vuelto insensibles los inversores?
Una explicación habitual sostiene que los agentes económicos se han «acostumbrado» a los shocks. La experiencia acumulada habría enseñado que, en la mayoría de los casos, las caídas iniciales generan mejores oportunidades de compra que de venta. Como al final «nunca pasa nada» en términos sistémicos, el mercado sigue adelante.
Sin embargo, la razón de fondo es más estructural y tiene menos que ver con la psicología colectiva y más con la naturaleza de los activos que cotizan en bolsa.
Los mercados financieros no son un termómetro moral ni un indicador directo del sufrimiento humano, operan bajo una lógica distinta. Son, ante todo, mecanismos de valoración de expectativas de beneficios futuros. Cuando analizamos el impacto de una guerra como la actual en Oriente Medio, debemos preguntarnos: ¿en qué medida altera de forma relevante y duradera la capacidad de las empresas cotizadas para generar beneficios?
La mayoría de las grandes compañías que forman parte de los índices occidentales tienen una exposición directa limitada a las economías en conflicto. Desde el punto de vista estrictamente financiero, el conflicto afecta a una fracción relativamente pequeña de los ingresos agregados del mercado global.
Incluso en el caso de las empresas más vinculadas a la región —principalmente del sector energético— el impacto no suele traducirse en una destrucción permanente de valor. Puede haber interrupciones temporales de actividad, pero también, una vez finalizado el conflicto, un repunte de la demanda y un aumento del trabajo pendiente. El mercado descuenta esa naturaleza transitoria.
Los mercados financieros no son un termómetro moral ni un indicador directo del sufrimiento humano, operan bajo una lógica distinta
A nivel macroeconómico ocurre algo similar. Cuando el conflicto se limita a una región con bajo peso relativo en el PIB mundial, el efecto agregado sobre la economía global es contenido. El aumento del gasto en defensa suele compensar parcialmente la caída del consumo interno en la zona afectada. Además, históricamente, las guerras se han financiado mediante políticas fiscales y monetarias expansivas, lo que introduce estímulos adicionales en el sistema. Por estos motivos, no se suele generar una espiral global de contracción.
Esto no significa que las guerras no tengan consecuencias profundas. Las tienen, y muy graves. Pero muchas de ellas son geopolíticas, sociales y humanas, no estrictamente financieras para la mayoría de las compañías cotizadas a nivel global.
En el caso concreto de Oriente Medio, la atención mediática se centra inevitablemente en el precio del petróleo. Es comprensible: la región es clave en la cadena de suministro energética global. Cada repunte del crudo genera titulares y previsiones alarmistas. Sin embargo, conviene poner estas variaciones en perspectiva.
Las subidas temporales del precio del barril rara vez modifican de manera sustancial las decisiones estratégicas de inversión de las empresas. Los planes industriales, las decisiones de contratación o las inversiones en capital fijo no se rediseñan por movimientos coyunturales de unas semanas o meses. Del mismo modo, las economías del Golfo no estructuran su estabilidad en torno a si el barril cotiza a 50 o a 100 dólares en un momento puntual. Les preocupan cuestiones mucho más fundamentales: la seguridad; la estabilidad política; el acceso a bienes esenciales y la continuidad de su capacidad productiva y exportadora.
La pandemia ofreció un ejemplo ilustrativo en sentido inverso: Cuando el contrato de futuros del West Texas llegó a cotizar en negativo en abril de 2020, el desconcierto fue generalizado. Sin embargo, aquel episodio respondió a un desajuste puntual entre oferta, demanda y a la incapacidad de la mayoría de los inversores del mercado de futuros para recibir barriles físicos, no a la desaparición estructural de la utilidad del petróleo. El tiempo lo confirmó.
En definitiva, los mercados no están «anestesiados». Simplemente están valorando probabilidades y horizontes temporales distintos a los que dominan el debate público. Si el conflicto no escala hasta afectar de forma significativa al comercio global o a la estabilidad financiera internacional, su impacto en las cotizaciones tenderá a ser limitado y transitorio.
