El "aparato ortopédico", los nervios en Vox y la ansiedad en el Gobierno
En una ocasión, hace ahora casi cincuenta años, un diputado que no es que fuera de ultraderecha, sino que era abierta, declarada y apasionadamente franquista, se enfrentó a la Presidencia de las Cortes. Lo hizo en una fecha muy señalada, el día del Pleno de la Reforma Política (16 de noviembre de 1976), cuando se debatía si aquello era una reforma, como mantenían los partidarios, o una ruptura con el régimen de Franco, como denunciaban los inmovilistas. El procurador en cuestión era Blas Piñar, que había presentado una enmienda a la totalidad porque consideraba que el proyecto auspiciado por el Rey Juan Carlos era "la sustitución del Estado nacional por el Estado liberal, y la liquidación de la obra de Franco". Visto con el tiempo, ese diputado de ultraderecha tenía toda la razón en su argumento, porque la reforma política supuso la demolición del franquismo.
Ya en democracia, Piñar llegó a ser diputado en el año 1979, escaño que utilizó para oponerse con contundencia a los estatutos de autonomía. En aquel pleno de 1976, el entonces procurador no solo se dirigió al hemiciclo para tratar de convencer a los 539 procuradores restantes para que votaran no a la reforma política, sino que se revolvió contra la Presidencia de las Cortes, regentada por Torcuato Fernández-Miranda, que además de presidente del Legislativo era el autor del borrador de la citada ley y que se había manifestado públicamente a favor de que saliera adelante.
Por eso, cuando estaba en el uso de la palabra desde la tribuna de oradores, Blas Piñar se enfrentó a él, pero lo hizo con infinitamente más talento que el diputado de Vox José María Sánchez García, que el pasado martes se enfrentó al vicepresidente del Congreso, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis, con actitudes violentas. El tal Sánchez llegó incluso a encararse con una letrada en un espectáculo que ha destapado el estado de nerviosismo que se vive en Vox.
Pero por muy de ultraderecha, por muy franquista, por muy presidente de Fuerza Nueva, por muy radical y por muy lo que se quiera, Blas Piñar era hombre culto y educado, así que tiró de retranca en su desafío al presidente de las Cortes, y así lo recogió el Diario de Sesiones: "Yo ruego al presidente de las Cortes que no tome a mal lo que le voy a decir, que no se enfade, que no agite la campanilla y que no me aplique el aparato ortopédico (risas). Pero la verdad es que el presidente (...) ha dicho que 'es evidente que el cambio que se va a producir es radical', y que este cambio le 'parece extraordinariamente positivo'".
La sesión era de la máxima tensión. Se estaba dirimiendo ni más ni menos que el desmontaje jurídico del franquismo, y nadie tenía nada claro qué pasaría a la hora de la votación, que se celebrarían dos días después. No creo que en el pleno del pasado martes hubiera ni una décima parte de la intensidad y trascendencia de aquel debate, y aun así todo el mundo mantuvo las formas de manera exquisita. Piñar, que además se había chocado en otras ocasiones con el presidente de las Cortes, continuó con su argumento.
"Con todos los respetos también para la Presidencia, para mí mismo y para esta Cámara, me atrevo a pedirle que, después de su toma anticipada de postura, añadida a la elaboración de un trámite de urgencia sin el concurso del Pleno, baje a su escaño para litigar sobre la legalidad o ilegalidad de la Reforma pasando la dirección de los debates a uno de los vicepresidentes de las Cortes". Evidentemente, el presidente hizo caso omiso y ahí quedó todo, sin exabruptos ni comportamientos absurdos; con retranca, ironía y sentido del humor. Lo de Piñar era un juego retórico para defender la invalidez de la reforma y así tratar de desmontar el plan del Rey y convencer con argumentos a los procuradores. No lo consiguió: dos días después, el Pleno votó que el franquismo se fuera por el sumidero.
Se puede ser radical y educado, o moderado y malencarado. O moderado y aburridamente exquisito
Estoy seguro de que el diputado Sánchez García dice la verdad cuando aduce que le estaban insultando. Cualquier periodista que acuda a las sesiones desde la tribuna de prensa o en el salón de plenos de la Asamblea de Madrid podrá escuchar los insultos, y esto sí que es un tema en el que incurren absolutamente todos los partidos. No seré yo quien defienda que los diputados se lancen improperios de bancada a bancada mientras un orador está en el uso de la palabra, pero negar que eso existe es absurdo, del mismo modo que entrar al trapo es de primero de infantil en política. Tampoco defenderé yo la vara de medir de Francina Armengol a la hora de moderar los debates: es claramente parcial, como lo es cuando impide que las leyes que aprueba el Senado se tramiten en el Congreso abusando de un vacío legal para impedir que el Congreso apruebe iniciativas que no interesan al Ejecutivo.
Conclusión: se puede ser radical y educado, o moderado y malencarado. O moderado y aburridamente exquisito. E, incluso, radical y violento, como el tal Sánchez. Pero en este caso uno ha de saber que está protagonizando un espectáculo lamentable —más aún tratándose de un señor juez—. Y algo más: no solo ha destapado el estado de nervios en los que vive Vox, sino que ha regalado una magnífica coartada al PSOE para victimizarse, su deporte favorito.
El Gobierno hace bien en criticar al diputado Sánchez, pero al comparar ese desagradable incidente con el 23F, como hicieron ministros del PSOE y de Sumar y diputados de ambos partidos, incurren en una hipérbole que demuestra su estado de ansiedad y su estrategia de agarrarse a cualquier error para montar una escandalera y que así dejemos de hablar de sus innumerables problemas. Si un concejal de pueblo de PP o Vox comete cualquier error, los ministros lo elevan rápidamente a categoría y salen a pedir explicaciones a Alberto Núñez Feijóo. Tal es la excitación gubernamental, que se olvida de un suceso similar que protagonizó el diputado de Podemos José Manuel Álvarez, que se encaró con la presidenta de la Asamblea de Madrid, Paloma Adrados (PP), por la financiación de Venezuela. Entonces debía de ser jarabe democrático.
Afortunadamente, Blas Piñar fracasó en su enmienda a la totalidad y no hubo que aplicarle el "aparato ortopédico", signifique eso lo que signifique. Yo solo pido a los políticos del hoy que hagan uso de una cualidad democrática: la contención. Aunque de eso hablaremos otro día.
