Sánchez tiene miedo (sus dos nombramientos)
Singulariza a Pedro Sánchez su audacia, la ruptura de los límites convencionales en la política y la ausencia de escrúpulos para desdecirse. Todos estos rasgos, más temperamentales que caracterológicos, se resumen en el sintagma siguiente: el presidente del Gobierno nunca tiene miedo. No se trata de una patología, sino de un rasgo que tiene que ver con el bajo umbral emocional de determinadas personas que, en ámbitos diferentes, se comportan de modo aventurado, peligroso, arriesgado. Como Pedro Sánchez al aliarse para gobernar con los enemigos jurados del Estado, traicionando sus compromisos electorales y rectificándose a sí mismo con una ufanía cínica.
Sin embargo, se ha podido observar estos días en el secretario general del PSOE una alteración de esa su certeza en la invulnerabilidad de sus comportamientos y decisiones. Una alteración que sugiere temor, inquietud, zozobra. Su actitud en el pleno del Congreso del pasado miércoles sobre las decisiones gubernamentales ante la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán estuvo fuera de registro. Bronco, chulesco, desinhibido, con un lenguaje impropio de su condición, gesticulante (esas risotadas en la tribuna procuran la vergüenza ajena), irritado… Mostraron a un Sánchez que cubre su inseguridad con una sobreactuación sin clase, sin categoría, sin estima por su propia imagen.
El presidente se descontroló. Y su discurso fue desastroso. Se retrotrajo a más de veinte años atrás para zaherir a la oposición, recurrió a consignas de pancarta y estableció las condiciones para que la sesión se convirtiese en un cenagal dialéctico que es en el que se mueve cuando se siente acuciado por una amenaza y la detecta como tal.
Acudió Sánchez a la Cámara con tres derrotas autonómicas a sus espaldas, una convocatoria en Andalucía anticipada un par de semanas sobre la fecha prevista (31 de mayo) que le obligaba a remodelar el Gobierno y con la convicción de que sus ministros-candidatos (Montero, López, Durant y Torres) registrarán en las convocatorias venideras los mismos fracasos que Pilar Alegría en Aragón y Miguel Ángel Gallardo en Extremadura. Además, con la oposición del PP crecida en los términos que aquí explicó Ignacio Varela (Defensa de Feijoo) porque los populares parecen haber dado con el modo de relacionarse con Vox. Un partido en frenada electoral y con problemas internos que a Sánchez le contraría porque azuzar el miedo al crecimiento de los de Abascal es otra de las variables de su estrategia para la campaña de las próximas generales. Por otra parte, el derrumbe de la extrema izquierda, un espacio acéfalo y, por el momento, desunido, empuja al PSOE a ocupar un territorio de radicalidad que le confina en un redil en el que se siente incómodo.
Por si fuera poco, Sánchez venía de una situación inédita: el plantón de dos horas de los cinco ministros de Sumar que se negaron a entrar en el Consejo de Ministros extraordinario del pasado día 20 de marzo y que, al final, obtuvieron lo que el presidente no quería darles: un decreto-ley específico sobre la prórroga extraordinaria y forzosa de contratos de arrendamiento y congelación de las rentas. La norma no será convalidada por el Congreso, pero durante sus treinta días de vigencia va a generar situaciones irreversibles o de difícil reversión y permitirá a la extrema izquierda reclamar con movilizaciones en la calle presionar al PNV y Junts para que la respalden. El PSOE y la Moncloa saben, sin embargo, que se enfrentan a una nueva derrota parlamentaria.
En este contexto, la segunda señal de temor que exuda Pedro Sánchez, y que confirma que lo ha interiorizado, ha consistido en la remodelación de su Gobierno. Ha tomado el presidente dos cautas decisiones. La primera, al sustituir a María Jesús Montero por Carlos Cuerpo. Aunque la vicepresidencia es un significante vacío porque su contenido competencial depende de la voluntad del jefe del Gobierno (artículo 3 de la ley de Gobierno), Sánchez ha buscado a una contrafigura de la andaluza: capacidad técnica acreditada, formas sosegadas, dialéctica entendible y nada agresiva, sin militancia en el PSOE y con buenas relaciones en los altos cuerpos funcionariales de la Administración General del Estado (él pertenece al de Técnicos y Economistas) y con el ámbito empresarial.
Carlos Cuerpo se convierte así en una enmienda a la totalidad de María Jesús Montero. Y su nombramiento delata que para el presidente es irrelevante que le satisfaga o no a Yolanda Díaz que llegó a calificar de ‘mala persona’ al responsable del ministerio de Economía. Cuerpo ‘centra’, por decirlo de manera coloquial, la imagen de un Gobierno que Montero desquiciaba cada dos por tres y que Díaz de manera sistemática perturbaba con sus excentricidades e incompetencia. Cierto es que podría entenderse que quedan defraudadas las expectativas de Félix Bolaños, pero esa interpretación quizá no sea correcta porque el ministro de Justicia, Presidencia y Relaciones con las Cortes seguirá manteniendo, en el área política, su función vicepresidencial de manera fáctica.
Otra prudente decisión, la segunda, de Sánchez, aunque haya sido inspirada en el miedo a que la situación se le fuera de las manos, ha consistido en el nombramiento para el ministerio de Hacienda de Arcadi España. Un valenciano con suficiente capacidad técnica que difícilmente conectará con el planteamiento de los socios secesionistas catalanes con los que se acordó por el PSOE y el PSC una financiación singular, aunque desde ERC se suponga que el relevo de Montero les favorece. La Comunidad Valenciana, en la que España fue consejero de Hacienda con Ximo Puig, es, con Murcia una de las más infrafinanciadas de España. Arcadi España deberá reconducir la propuesta inverosímil de transferir a Cataluña la gestión íntegra del IRPF, crear una Agencia Tributaria propia y llegar a un sistema paccionado al estilo vasco y navarro.
El nuevo ministro de Hacienda tiene que reconectar al Gobierno con las comunidades autónomas, incluso las presididas por socialistas (Asturias y Castilla-La Mancha, al margen de Cataluña porque Illa es el primer secretario del PSC) y hacerlo en el Consejo de Política Fiscal y Financiera revaluando la condonación de parte de la deuda del FLA y revisando el principio de ordinalidad que pactaron Sánchez y Junqueras. El del valenciano es un adecuado perfil para conseguir algún avance en ese terreno. Y también es un contrafuerte a la debilidad política de la ministra de Ciencia, Innovación y Universidades, Diana Morant, candidata a la Generalitat que podría dar el mismo resultado que Pilar Alegría en Aragón.
El miedo, dice el refrán, guarda la viña. Y el presidente del Gobierno parece que, ante un panorama desolador, intenta con esos nombramientos bajar decibelios en el Consejo de Ministros, ofrecer un perfil más soportable que el anterior y deslizarse, al menos formalmente, hacia un espacio de gestión más tecnocrático y profesional en el que la Oficina Económica de la Moncloa, y su titular Manuel de Rocha, no suplanten las facultades ni de Economía ni de Hacienda.
Por último, una consideración sustancial: Pedro Sánchez ha perdido la conexión que alguna vez pretendió con el mundo empresarial. Está a la greña con las grandes energéticas (y no solo por el apagón de 2024), en fría relación con las entidades bancarias (en particular con el BBVA al que frustró su operación con el Sabadell y con el Grupo La Caixa tras el cese de Ángel Simón al frente de Criteria), con un problema muy serio en Indra por el ‘caso Escribano’ y apurado por el buen fin de la sustitución en Telefónica de Álvarez Pallete por Marc Murtra. Carlos Cuerpo, por una parte, empoderado con la vicepresidencia, y Arcadi España, responsable político de la SEPI, que reclama una nueva gestión, podrían mejorar la interlocución con el sector económico-empresarial que está contemplando la remodelación gubernamental con alguna expectativa. El tiempo, pronto, dirá si estamos ante una cierta rectificación de Sánchez o ante un simple maquillaje.
