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A quienes dicen que los gays de derechas no tenemos derechos

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12.03.2026

Querido Damián. Te voy a contar una historia, muy corta, como esas que cuenta Carlos Alsina por las mañanas. La mía. O una parte. Que seguro que no te gusta sin ni siquiera leerla porque la he escrito yo, que no te gusto nada, pero porque milito en otro lugar −ahí va un síntoma de tu estrechez de miras, de tu déficit democrático; una lástima−.

De pequeño me llamaban "Jamichi" que no "Jaimecito". Sobre todo, los amigos de mis padres que bajaban a jugar a las cartas y a tomar café a nuestra casa los sábados por la tarde sin sol. A "Jamichi" le gustaba verlos y oírlos y, si podía elegir, se sentaba con Valen, que siempre tuvo el pelo blanco, porque le abrazaba un poco más fuerte, porque parecía saber que ese niño inquieto era distinto y que necesitaba los cariños más cerrados.

A "Jamichi", de lunes a viernes, en el patio del colegio, que tenía y tiene el nombre de un poeta infinito, Miguel Hernández, le insultaban y agredían por "marica", como si él supiera con once y doce años lo que era tal cosa, y porque, ¡atención!, no practicaba ningún deporte −por entonces "Jamichi" era asmático; una enfermedad que se sumaba a su homosexualidad que, hasta 1991, precisamente cuando andaba defendiéndose o escondiéndose de sus agresores que tanto se parecen a ti, Damián, era una enfermedad psiquiátrica según la OMS−.

"Jamichi" prefería leer. A todas horas. Y celebraba que al piso de sus padres llegaran los libros retractilados del Círculo de Lectores, que no es que fueran ventanas, eran vidas. Y si prefería leer, era porque quería ser mejor que todos aquellos que le utilizaban para descargar su odio −por más que ese odio fuera pequeño, tanto como sus entendederas− y porque en cada página de cada libro veía una de esas baldosas amarillas que podían llevarle a Oz −sí, como a Judy Garland−.

"Jamichi" creció −aunque los amigos de mis padres, sobre todo Juan, sigan llamándome así− y se convirtió en Jaime. Y descubrió que, como en Oz, por detrás de los artilugios que vuelven la voz un trueno y hacen del poder una amenaza, solo hay hombres; y mujeres, claro. Simples mortales con sueños y amenazas, con ganas de hacer de este mundo un lugar mejor, aunque no esté teñido del color de las esmeraldas.

Pero, querido Damián, tristemente, casi siempre los que agreden son hombres, sí. Que usan su odio para erigirse en santo y seña porque deben ser conscientes de que no son nada. O muy poco. Y no me refiero a todos los hombres porque la mayoría son tan imperfectos como yo mismo, pero también parte de la solución −que no "señoros"−. Hablo exclusivamente de los que, como tú, se mofan y señalan, de los que pretenden denigrar a personas tan grandes y que tanto han hecho por la igualdad como Amelia Valcárcel −que han florecido en redes no como las muchachas de Proust sino como el detritus−. Los que, amparados por unas siglas y del brazo igualmente acusador de mujeres como Pilar Bernabé, se atreven a negarnos el derecho a ser lo que queramos ser a quienes simplemente y, por suerte, no pensamos como ellos. Como tú.

Amparados por unas siglas, se atreven a negarnos el derecho a ser lo que queramos ser a quienes simplemente no pensamos como ellos

Es posible, querido Damián, que como tú sí que practicabas deporte y eras y eres un tipo muy duro, se te haya olvidado lo que significa que te intenten ridiculizar o agredir por sentir cosas que no pediste sentir, pero que te atraviesan desde las plantas de los pies hasta ese punto de la nuca que se excita cuando te gusta algo. Quizá al olvidarlo, porque seguro que a ti también otros desalmados te insultaron en su día −y lo siento de veras−, o precisamente por eso te hayas sumado al pelotón de infames que nos quieren prohibir a los gays que no militamos en tu izquierda que utilicemos los espacios conquistados. Eso has escrito. Y en una red social para que el pelotón crezca a la par que el daño. Y no sé si los gays de derechas, que según tú no tenemos derecho a tener derechos, somos la mitad del colectivo LGTBI como lo son las mujeres del mundo. Lo que sé es que a nadie se le puede negar la democracia en todo su esplendor; por mucho que odies al que no sea como tú. Porque la democracia, además de una conquista de tus padres y los míos y de tantos y tantos hombres y mujeres educados en una dictadura insoportable que supieron transitar del silencio impuesto a la posibilidad de gritar, soñar y vivir, nos garantiza a todos y a todas, incluso, la posibilidad de equivocarnos.

Tú lo estás. Equivocado. En muchas cosas. Como yo. Pero yo no te señalo ni te niego tu lugar en el mundo. Yo no. Sólo te pido que rectifiques. O que al menos te bajes de ese púlpito de cristal desde el que, como un ayatolá más, decides quién es bueno y quién no. Quién merece ser respetado y a quién hay que mandar a los márgenes −otra vez−. Y, querido Damián, por más que como bambalina permanente te coloques la bandera arcoíris −símbolo también de paz−, tu falso púlpito cada vez está más alto y alejado del mundo real. Como las grúas de las que cuelgan a homosexuales en Teherán.

Y todo esto, mientras Pedro Sánchez denuncia el hodio contra los suyos. Nada más. Como si el resto no existiéramos. Cosas del muro.

*Jaime M. de los Santos, vicesecretario de Educación e Igualdad del PP.


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