Lo más peligroso del sanchismo aún no ha sucedido
Hay partidos que quieren votos para hacer cosas y los hay que quieren votos para disfrutarlos y exhibirlos, sin compromiso alguno con la gobernación del país o con la transformación de la realidad. En el primer caso, los votos que se demandan a los ciudadanos tienen una finalidad instrumental para quienes los emiten; en el segundo caso, son un fin en sí mismo para quienes los reciben. Vóteme para que yo tenga más votos, vienen a decir estos. Eso le ocurrió a Ciudadanos: cuando la sociedad constató que Rivera quería los votos para coleccionarlos, lo dejó caer.
De forma parecida, hay Gobiernos que necesitan tiempo para desarrollar un programa que tiene que ver con la sociedad. Y otros cuyo programa consiste únicamente en prolongar su estancia en el poder: no miden su éxito por sus realizaciones, sino por la cantidad de tiempo que son capaces de mantenerse en el Gobierno; y esa actividad -la actividad de durar- consume todas sus energías, que necesariamente deben ser muchas cuando se constata la vaciedad de su permanencia y, además, su estado de minoría social y parlamentaria.
En la noche del 23 de julio de 2023, Pedro Sánchez, perdedor de la elección, calculó que, incorporando a Puigdemont al pelotón de sus aliados, podría superar una investidura. ¡Somos más!, proclamó. Se dispuso a pagar el precio inmediato de la compraventa, que era una ley de amnistía, y se presentó en el Congreso con un programa de Gobierno que constaba de un solo punto: durar hasta el año 27.
Desde ese momento, durar hasta el 27 se ha convertido en la única razón de ser de este Gobierno inoperante para todo lo que no sea afianzar su subsistencia. El abuso y disfrute del poder fue siempre el motor del sanchismo, construido sobre la peculiar personalidad de su fundador. Pero entre toneladas de conservantes, colorantes y otras bazofias, en las legislaturas anteriores de Sánchez y su cohorte pueden hallarse trazas de un proyecto político, por muy indigesto que resultara para quienes somos partidarios -también en la política- de los productos naturales.
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No es el caso de la legislatura del 23. El 100% de la actividad del Gobierno se ha consumido en estas tareas:
a) Conservar en lo posible a sus acompañantes de la investidura, lo que supone abonar una sucesión de facturas adicionales abonadas con el dinero de los españoles de hoy, con el capital de los del futuro y con jirones de la Constitución;
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b) Defenderse a dentelladas de la oleada de casos de corrupción que se abate sobre los regímenes populistas degenerados, lo que conduce inexorablemente a una confrontación a vida o muerte con la Justicia independiente y la prensa libre;
c) Blindar con sectarismo de acero el muro entre los bloques políticos para hacer de la alternancia en el poder un evento traumático que justifica cualquier desafuero para evitarlo;
d) Escaquearse metódicamente de la responsabilidad asociada a las sucesivas tragedias derivadas de la decadencia del país, la división política, la descomposición institucional y la incuria de los gobernantes.
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