¿Fueron las cintas VHS el punto más alto de nuestra civilización en decadencia?
Antes del fin, existieron los videoclubs. Los videoclubs eran bodegas alfabéticas, con vinos rebobinables. También podemos decir que almacenaban películas para el alquiler, pero eso queda menos impresionante. Al videoclub íbamos a escoger una historia, mirar carátulas, gastar el bono mensual o conseguir por fin el VHS de Austin Powers 3. Había una sección de porno. Había, sin duda, mucha sacralidad en el orden de las estampas del cine de todos los tiempos, dispuestas en pasillos, salas, anaqueles y mostradores como la exhibición de un linaje poderoso.
Llegado internet, o lo digital, o, en fin, el mal absoluto, los videoclubs desaparecieron, y las cintas VHS fueron cobrando una condición mítica. Se convirtieron en las tablas de Moisés o en la piedra Rosetta, un soporte físicamente legendario que sólo podía contener grabaciones sapienciales. Incluso Emmanuelle 2, la antivirgen, en formato VHS es ahora mismo el Santo Grial, no digamos Austin Powers 3 en VHS, prácticamente el sudario de Cristo. No lo vimos venir. En los 90, eran sólo plástico, cachitos de hierro y cromo, como cantaba Kiko Veneno, pero su desaparición o postergación volvió la cinta magnética papiro egipcio, el lugar donde reposaban todas las maldiciones.
Digo todo esto después de leerme Cosechadora universal (Aristas Martínez), de John Darnielle, una inquietante novela acerca de un videoclub y de las extrañas grabaciones que interrumpen las películas que pone a disposición de su clientela en un pueblo de Iowa, a finales de los 90. En películas del montón (Alguien como tú, El héroe anda suelto), se aprecian cortes de unos pocos minutos de duración donde aparecen imágenes domésticas. Después, la película continúa. Los dependientes de Video Hut empiezan a analizar esas imágenes furtivas, a hilar una narrativa y tratar de localizar los lugares donde se desarrollan las escenas intrusas, tan incomprensibles como espeluznantes.
La novela recupera un espacio laboral enternecedor, el videoclub, y dedica muchas páginas a describir sus dinámicas y a retratar a sus trabajadores, normalmente jóvenes con inquietudes algo más elevadas que la media generacional. Es imposible no acordarse de Quentin Tarantino trabajando en un videoclub en Los Ángeles, o de la película Clerks (1994), de Kevin Smith.
La cinta magnética es ADN al que podemos volver para comprobar qué hacíamos en un mundo, el actual, donde ya nada parece verdad
Durante largos tramos de la novela, se impone en nuestra lectura la sintonía satánica de las cintas VHS, al compás de películas como Asesinato en 8 milímetros o The Ring. Es como si algo verdaderamente prohibido, malvado y cruel sólo pudiera grabarse convenientemente en una cinta única y condenatoria. También nos viene a la cabeza Tesis, de Alejandro Amenábar. La cinta VHS es la caja de Pandora, el monolito de Kubrick, el bote del veneno.
Sin embargo, Darnielle dosifica religiosamente estas grabaciones morbosas, que no acaban de ser pornografía ni snuff, aunque contengan algo sectario y estomagante. Hay una historia detrás, una organización medio hippie medio AMPA, pues la novela encuentra su centro gravitacional en la figura de la madre, en la ausencia de una madre y en su búsqueda. Dos o tres personajes han perdido a su madre, y la madre de todos es una cinta VHS.
Ahora el mensaje es que no rebobinamos nada, y las cosas no tienen ni principio ni final
Lo que con el cambio de siglo dio pie a narrativas oscuras (la cinta de vídeo como contenedor del Maligno) parece estar girando hacia un territorio opuesto, donde estos objetos van perfilándose como taumatúrgicos, relicarios de nuestra civilización. La cinta magnética es ADN, fijado y fiable, al que siempre podemos volver para comprobar qué hacíamos (Emmanuelle, Austin Powers, Tarkovski), en un mundo, el actual, donde ya nada parece verdad. La IA es el demonio definitivo, y ya nadie será capaz de acordarse de qué iba una película, pues podrá haber mil millones de versiones de esa película, cada una de ellas protagonizada por un actor distinto.
El VHS fue el pico de nuestro desarrollo antes de que nos pasáramos de frenada, progresando ya hacia ninguna parte, dejando de tener cariño por las cosas. Cuando empezaron a cerrar tiendas de Blockbuster por todo el mundo, se inició nuestra decadencia. Ya no había que rebobinar las cintas antes de devolverlas al videoclub. Ese era el gesto civilizado, colectivo, manual y disciplinado. Rebobinabas la cinta para que el siguiente espectador pudiera ver la película desde el principio. Eso es la civilización, un volver a empezar en cada ser humano que nace, y que tiene todo por aprender.
Ahora el mensaje es que no rebobinamos nada, y las cosas no tienen ni principio ni final. No hay vuelta atrás, ni botón de pausa, sólo maratones de series cuyos episodios la plataforma reproduce automáticamente, porque luego hay que hacer otro maratón con otra serie en otro infierno hacia el olvido.
