Ceuta aguanta
Venir a Ceuta es hacerse preguntas. Algunas de ellas incómodas, porque reflejan nuestras propias contradicciones. Otras no encuentran respuesta y la gran mayoría solo se responden en privado. Porque es incómodo concluir que un menor puede ser a la vez una víctima y un invasor, o ver cómo el Estado ha vuelto a desvanecerse sin dar respuesta a lo más elemental. Otra riada, esta vez humana, ha vuelto a gritar que el rey está desnudo. Que no hay razón para creer que ninguno de nosotros está protegido por quien se supone que tiene la obligación de hacerlo. Que, tras tanta arquitectura institucional, a veces, entrevemos solo humo.
La propia llegada en helicóptero predispone a encontrarse una realidad que uno ya intuye que no va a ser la propia, y descubre con cierta extrañeza que todo es parecido, pero nada es igual. Miles de migrantes vagan por las calles, con la mirada perdida, buscando en el horizonte la solución a sus problemas, como si una ubicación geográfica pudiera devolverles la esperanza que su azaroso nacimiento les arrebató.
Entre ellos, un pueblo que sufre. Sufre por la invasión, pero también por los invasores. Porque en........
