Margarita estaba cómoda y otros entremeses europeos en la guerra de Trump
El estado de confusión que vivimos estos días se condensa en la anécdota de la reunión que mantuvieron ayer Margarita Robles y el nuevo embajador de Estados Unidos en España, Benjamín León. Al empezar la cita, los micrófonos recogieron un intercambio de impresiones sobre si apagar o no apagar la calefacción. “¿Tú estás cómoda?”, preguntó León. “No, no, yo estoy cómoda”, respondió Robles dejándose caer sobre la silla. Al repasar el audio, alguien entendió que la ministra de Defensa había confesado que ella "está con Trump”. Y durante algunas horas, en España se debatió sobre eso.
Vivimos desde hace ya algún tiempo en uno de esos experimentos cognitivos en los que el cerebro escucha un mismo audio de maneras diferentes, según la idea que traigamos puesta. Pero necesitamos hacer un paréntesis, aplazar el duelo a garrotazos unas semanas. Porque la magnitud del problema que se está generando en Oriente Medio puede impactarnos con más fuerza que la cachiporra nacional. Una guerra civil que descontrole el arsenal del octavo ejército con más tropas del mundo, una crisis de refugiados en un país de más de 90 millones de habitantes a las puertas de Europa o una espiral inflacionaria son algunos de los escenarios que se manejan a estas horas. No los más alarmistas.
Sobre la posición del Gobierno español no se puede decir mucho más de lo que ya se ha dicho. En enero de 2025, cuando Sánchez criticó abiertamente a Trump en Davos cinco días después de su investidura, ya explicamos en esta columna que confrontar contra el presidente de los Estados Unidos era una estrategia política peligrosa. Un truco que ha quedado a la vista muchas veces. Sánchez viene de aprobar una regularización migratoria a la que su gobierno llevaba años oponiéndose justo cuando en televisión retransmitían las salvajadas del ICE en Minneapolis. La defendió en un artículo enviado a The New York Times y justo después vinieron los choques en Twitter con Elon Musk.
La teatralización del “no a la guerra” forma parte de la construcción de ese personaje del que hablaba ayer el diario Financial Times en un artículo titulado “Cómo Pedro Sánchez se ha convertido en la némesis europea de Donald Trump”, y que decía así: “Se ha convertido en el perfecto blanco woke para el movimiento MAGA, un modelo de izquierdista europeo que, según su visión, es blando en defensa, blando con China y blando en materia de inmigración”. Los “Magos de Moncloa”, por usar la fórmula de Giuliano de Empoli, ya tienen lo que buscaban.
Pero son todo sombras proyectadas en la pared de la caverna. Lo que realmente puede devorarnos es lo que hay fuera: una guerra innecesaria y peligrosa de la que conviene protegerse, algo que están haciendo todos los gobiernos europeos, aunque utilicen fórmulas distintas. Puede ser el teatro expresionista de Sánchez o el género mudo, tirando a pantomima, de Giorgia Meloni, quien ayer, después de seis días de silencio, aclaró que “Italia no está en guerra y no quiere entrar en ella", aunque pedirá permiso al Parlamento para suministrar equipamiento militar a los países del Golfo —donde hay 2000 militares italianos desplazados—, de manera similar a Francia, Alemania y Reino Unido.
Sobre las bases militares, explicó Meloni que "España ha hablado de un acuerdo bilateral y ha dicho que fuera de ese acuerdo no habrá ningún uso de las bases y lo mismo vale para nosotros”. Después lo repitió su ministro de Defensa, Guido Crosetto, después de ser repatriado de Dubái, donde la guerra le sorprendió cuando viajaba por placer con su familia. “El uso de las bases militares italianas será el mismo que el de las españolas y de Sánchez”, dijo. No es tan diferente a la polémica del 5% del gasto en Defensa, cuando Meloni reveló a los periodistas, riéndose, que ella había firmado el mismo acuerdo que Sánchez. Fue en la puesta en escena, al dirigirse al propio electorado, donde Sánchez buscó la confrontación con Trump y Meloni justo lo contrario.
Italia y España comparten una realidad sociológica similar respecto a las intervenciones bélicas estadounidenses. Los sondeos indican ahora que el 76% de los italianos están abiertamente en contra de la intervención norteamericana en Irán. Apenas un 8% lo apoya decididamente. En España no se ha hecho todavía ningún estudio de opinión al respecto (parece que el CIS preguntará por ello en breve), pero una encuesta europea de hace apenas unas semanas indicaba que un 31% de los españoles veían a Washington como una amenaza, el porcentaje más alto de entre todos los países sondeados. Somos también uno de los países más antitrumpistas de Europa, superando a Italia. Una realidad que Trump, por fortuna, ignora cuando dice que somos “gente estupenda”.
La política exterior de Sánchez lleva al menos desde principios de 2022 coincidiendo con los sondeos de opinión. Hasta el inicio de la invasión de Gaza, fue marcadamente atlantista -del Sáhara a Ucrania, nos situamos siempre dentro de la ortodoxia marcada desde Washington y Bruselas-. El giro empezó a finales de 2023, todavía con Biden en la Casa Blanca, al calor de la indignación contra los bombardeos israelíes.
Es además arriesgado comparar la realidad de Italia o España con la de, por ejemplo, Alemania, el país europeo que ha mostrado un respaldo más explícito a la operación contra Irán, aunque el Gobierno de Friedrich Merz no haya contemplado en ningún momento participar en los ataques. Alemania, como Italia o España, tiene sus propias representaciones escénicas. Además de la staatsräsos, la deuda moral con Israel, y del atlantismo histórico de la CDU (recordemos que Angela Merkel, entonces en la oposición, apoyó la guerra de Irak), el país cuenta con una enorme diáspora iraní, cerca de medio millón de personas. De manera similar a lo que sucede con los venezolanos en España, simpatizan mayoritariamente con cualquier cosa que pueda significar el fin del régimen. En Berlín se concentran, de hecho, buena parte de los activistas y opositores en el extranjero.
Cada país europeo está adoptando estos días una posición retórica propia y un marco de seguridad diferente, según los intereses de sus empresas, sus bases en la región, etcétera. Alemania, por ejemplo, no se ha querido unir al despliegue frente a las costas de Chipre en el que participan Italia, Francia y Países Bajos. Participar en esta misión no significa tampoco entrar en la guerra, sino proteger el territorio de la UE de eventualidades. Algo más que una precaución razonable después de que un dron, al parecer procedente de Líbano -Hezbolá- y no de Irán, explotase esta semana en la base militar británica en la isla.
Y hablando del Reino Unido, el premier británico Keir Starmer, el líder europeo más insultado por Trump, fue uno de los primeros en movilizar tropas para llevar a cabo “funciones defensivas”, pero ha condenado el ataque de Irán en términos parecidos a los de Macron. “Este Gobierno no cree en el cambio de régimen desde el cielo", dijo Starmer, después de hablar de las "lecciones aprendidas" en la guerra de Irak.
Así que cada Gobierno, resulta evidente, intenta cabalgar la volatilidad y la incertidumbre como puede. Con contradicciones de las que tampoco se salva la oposición española, que practica desde hace días todo tipo de malabarismos para criticar a Sánchez sin hablar expresamente del ataque, tratando de no mencionar a Trump ni a Netanyahu en ningún momento. La táctica de Alberto Núñez Feijóo, que a menudo parece carecer de un equipo solvente que le asesore en temas de política exterior, pasa por meter a Sánchez y a los ayatolás en un mismo y confuso batiburrillo -Isabel Díaz Ayuso incluye también a ETA en el gazpacho-, pero sin ofrecer un juicio explícito sobre una operación militar que puede acabar fatal y tener repercusiones catastróficas de todo tipo. Y quizá, también, repercusiones electorales inesperadas.
