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Lo que piensan en China de los europeos que peregrinan a Pekín para alejarse de Trump

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26.02.2026

En las últimas semanas han volado a Pekín los presidentes o primeros ministros de Reino Unido, Canadá, Francia, Alemania, Corea del Sur, Finlandia e Irlanda. No es casualidad. Los aliados tradicionales de Estados Unidos peregrinan a China, buscan fotografiarse con Xi Jinping y hablan abiertamente de estrechar lazos a su regreso. Se trata, dicen, de reducir la dependencia con Washington y de intensificar las relaciones con “el más predecible de los dos imperios”, como define un embajador europeo al gigante asiático.

Con sus aranceles, sus amenazas y sus arbitrariedades, Donald Trump ha fulminado años de esfuerzos diplomáticos. Recordemos que las embajadas de EEUU llevaban más de una década tratando de convencer a socios y aliados de la necesidad de alejarse de China. Y estaban teniendo éxito. La guerra de Ucrania y el apabullante déficit comercial habían convencido por fin a decenas de países de la órbita transatlántica de iniciar el “desacoplamiento” económico que exigía Washington. Y ahora que las piezas estaban por fin alineadas para la partida por la hegemonía mundial, desde Washington han hecho saltar el tablero por los aires.

La mayoría de estos países saben que acercarse a China es una maniobra arriesgada. Xi Jinping nos recibe por ahora con los brazos abiertos. Como hizo esta semana con el canciller alemán, con Friedrich Merz, nos anima a tejer nuevas alianzas tecnológicas y económicas; incluso sugiere que nos alejemos de la OTAN y busquemos nuevas alternativas. A corto plazo, estos encuentros tienen valor diplomático para el Partido Comunista Chino por sí mismos, que logra capital político sin necesidad de ceder un milímetro en asuntos como el superávit comercial —que continúa batiendo récords—, las polémicas por espionaje, las interferencias electorales, ni por supuesto las viejas reclamaciones sobre derechos humanos con las que los líderes europeos solían acudir hace unos años.

Incluso arañan alguna concesión. Keir Starmer, que hizo la primera visita de un líder británico desde 2018 y la primera desde que Xi Jinping aplastó la sociedad civil de Hong Kong, aceptó acuerdos comerciales impensables hace unos meses, aprobó la construcción de una controvertida megaembajada china en Londres y eludió hacer ningún tipo de referencia al encarcelamiento del activista prodemocracia británico Jimmy Lai. Al canadiense Mark Carney no le importó reducir los aranceles a un número limitado de vehículos eléctricos chinos a cambio de que Pekín hiciera lo propio con algunos productos primarios como la canola. Algo parecido le pasó a Emmanuel Macron y a Petteri Orpo.

El último en acudir, el alemán Friedrich Merz, ha hecho algún esfuerzo adicional por mantener el tipo. Quizá porque la relación comercial con China es más sólida y porque la opinión pública alemana está algo más formada en asuntos geopolíticos que la de sus vecinos —incluyendo, por supuesto, a España, donde la élite política es básicamente iletrada en estos asuntos—. La industria alemana, recordemos, empezó siendo una de las grandes ganadoras de la apertura de China a los mercados occidentales, para convertirse después en una de sus principales víctimas a medida que los chinos imitaron y superaron sus capacidades. Así que Merz habló públicamente de algunos asuntos polémicos, como los subsidios estatales que el régimen chino ofrece a las empresas que compiten con la industria europea, etcétera.

Pero son poco más que gestos de marketing político y los diplomáticos europeos insisten en privado que se trata más de una maniobra táctica a corto plazo que de un realineamiento real hacia China. "Sabemos que no podemos avanzar demasiado en esa relación sin salir perjudicados", comenta una alta fuente diplomática europea.

El problema es que este mismo debate se está produciendo también en China. Ahora mismo hay voces pidiendo abiertamente —incluso en los medios oficialistas— que Xi Jinping utilice la ventana de oportunidad que le brinda Trump para lograr más concesiones y apretarnos las tuercas. Tanto a los aliados europeos como a los del vecindario asiático. Exigen que paguemos de alguna manera el refugio, por ahora poco más que simbólico, que nos ofrecen frente al abusón, frente a Donald Trump.

Las viejas y opulentas potencias coloniales europeas no damos demasiada lástima. Y en China se empieza a asumir que algunos de nuestros gobiernos necesitan estrechar relaciones con Pekín más de lo que nos necesitan ellos. En concreto, hablan de que los países de la Unión Europea pasen por el aro, por ejemplo, para aislar a Taiwán, para abrir nuestras fronteras a la importación de tecnologías chinas ahora reguladas o prohibidas, o para renunciar de una vez por todas a los viejos reproches sobre la situación de las minorías en Tíbet o Xinjiang. En este mundo nuevo no nos va a salir nada gratis.


© El Confidencial