menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

“Si el corazón de la historia depende de lo artesanal, entonces lo artesanal manda”.

14 0
17.03.2026

El cine siempre ha sido mi refugio. A mis 7 años no tenía palabras suficientes para explicarlo, pero sí tenía una certeza. En una pantalla lo que imaginaba podía cobrar vida.

Entre todas las películas que marcaron mi niñez, hubo una que me dejó una marca difícil de borrar: “El laberinto del fauno” (2006). Con el tiempo fui sumando más películas a esa lista de obsesiones y un día descubrí que todas compartían una misma alma visual. Era una sensibilidad que no se parece a nada más. Fue entonces cuando entendí que mi colección tenía un creador en común y que era tan obsesivo con los detalles como yo con mis mundos imaginados. Lo confieso: me enamoré del trabajo de Guillermo del Toro. No quiero reducir su cine a lo visual, aunque podría escribir una tesis solo sobre eso. Me conmueve la sutileza con la que toca temas dolorosos sin perder la ternura. Sin embargo, hay algo que me parece más valioso: Del Toro es uno de los pocos directores que creen en el trabajo artesanal en una industria que, por comodidad o miedo, prefiere cubrirlo todo con efectos digitales.

Del Toro explica que si un set puede existir en físico, será físico. Y claro, esa filosofía le ha costado proyectos que otras productoras habrían aceptado de inmediato. “Pinocchio” (2022) casi queda solo en una idea por eso. Varias casas productoras rechazaron financiarla por el tipo de animación que tenía, como Disney. Ese tipo de decisiones demuestran lo que Del Toro siempre ha repetido: si el corazón de la historia depende de lo artesanal, entonces lo artesanal manda.

Pensé que nada iba a superarlo hasta que llegó “Frankenstein” (2025). Otra historia que marcó a Del Toro desde joven y otra oportunidad para demostrar que el cine todavía puede sentirse con el cuerpo y no solo con los ojos. El maquillaje de Jacob Elordi tomó 10 horas cada día de grabación. Todo lo que buscaba Del Toro estaba ahí: imperfección, humanidad, dolor, compasión.

Hoy el cine parece producir con miedo. Miedo a perder, a invertir, a apostar por lo que no puede repetirse con CGI o IA. Del Toro hace todo lo contrario. Crea con alma, aunque duela, aunque tarde, aunque cueste. Y quizá por eso vuelvo siempre a él. Porque me recuerda a la niña que descubrió que la magia podía existir en una pantalla siempre que hubiera manos dispuestas a construirla.


© El Comercio