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La historia detrás de la masacre de Colcabamba: ¿por qué la Fiscalía busca prisión preventiva para ocho militares?

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17.06.2026

Horas antes, Ricardo viajaba junto a siete jóvenes en una camioneta gris 4x4 que avanzaba por la carretera Ayacucho-Colcabamba con dirección a Huancavelica. Ninguno superaba los 25 años de edad. Algunos dormían, otros solo conversaban. Nadie imaginaba que minutos más tarde cinco de ellos terminarían sin vida y que los tres restantes cargarían para siempre con el recuerdo de aquella madrugada.

Aproximadamente a las 4:14 de la mañana, cuando la camioneta llegó a la altura del Puente Milenio, en el distrito de Colcabamba, provincia de Tayacaja, Huancavelica, el conductor, Nilson Eduardo Montenegro Valencia, se topó con una serie de obstáculos que lo obligaron a maniobrar para continuar su camino. Fue entonces cuando comenzaron los disparos.

Los proyectiles impactaban la unidad desde direcciones imposibles de identificar para sus ocupantes, quienes no escucharon una orden de alto ni advirtieron la presencia de militares. Creían que se trataba de un asalto.

Los primeros disparos alcanzaron a Nilson, quien conducía el vehículo. Gravemente herido, perdió el control de la camioneta. La unidad se despistó y avanzó algunos metros más hasta quedar inmovilizada al borde de un precipicio. Pese a ello, los disparos no cesaron.

Cristian Vilcatoma Águila intentó salir por la puerta del copiloto, pero fue rápidamente alcanzado por la ráfaga de disparos. Murió casi de inmediato a consecuencia de heridas mortales en el tórax.

Al otro extremo del vehículo, en la tolva, viajaba Ricardo Acuña. Cuando comprendió que se encontraba en una situación de vida o muerte, decidió saltar de la unidad y correr hacia un barranco.

Los militares advirtieron el movimiento de Acuña y no dudaron en seguirlo: a pie y con balas. Mientras corría, escuchaba los disparos detrás de él, uno tras otro. En su desesperada huida atravesó la vegetación y llegó hasta una zona cubierta por plantas de penca. Los disparos continuaron y dejaron entre ellas el rastro del ataque. El joven, por fortuna, logró ocultarse detrás de una roca. Días después, los peritos encontrarían catorce perforaciones de bala en aquella penca.

En la camioneta, al borde de la carretera, aún permanecían personas con vida que, al igual que Acuña, buscaban desesperadamente una forma de sobrevivir a un ataque tan letal.

Jhonatan Águila Gutiérrez decidió fingir que estaba muerto. No tenía posibilidad de correr ni de pedir ayuda; cualquier movimiento podía empeorar su situación. Creyó que lo matarían si descubrían que seguía respirando. Por eso permaneció inmóvil entre los cuerpos de sus compañeros mientras los militares se acercaban al vehículo.

Eber Soto Quispe tampoco entendía qué estaba ocurriendo. Estaba dormido cuando comenzaron los disparos. Despertó sobresaltado y preguntó a Jaime Bendezú Paraguay qué sucedía. La respuesta fue tan breve como aterradora:

—Nos están disparando por todos lados.

El otro extremo de la masacre

Al otro lado del camino, ocultos entre la vegetación y distribuidos estratégicamente en distintos puntos de la carretera, se encontraban ocho integrantes de la Compañía Especial de Comandos “Pachacútec” N.° 31 del Ejército del Perú. Aquella madrugada esperaban el paso de una camioneta que, según información de inteligencia, transportaba droga procedente del VRAEM.

Hoy, los ocho son investigados por la presunta........

© El Comercio