La violencia de Haití obliga a una ong segoviana a colaborar solo desde la distancia
La violencia de Haití obliga a una ong segoviana a colaborar solo desde la distancia
‘Haití Vive’ tuvo que huir de un país marcado por la pobreza y el dominio de bandas criminales armadas y peligrosas; desde hace años se centra en su programa de becas para que niños y niñas vulnerables sean escolarizados
Imagen de grupo de la ong Haití Vive en el campamento del barrio de Tabarre, en Puerto Príncipe.
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Haití ocupa el tercer lugar como país más peligroso del planeta por índice de criminalidad, solo superado por Papúa Nueva Guinea y Venezuela. Basta decir que Afganistán está un escalón por debajo para hacerse una idea. Es el último del Caribe en cuanto a la capacidad del gobierno para combatir la violencia de las bandas criminales que han tomado el control hasta de la capital, Puerto Príncipe. Países como España o Estados Unidos mantienen alertas de no viajar bajo ninguna circunstancia. Un panorama que explica por qué una ong fundada en Segovia, ‘Haití Vive’, tuvo que huir del país caribeño, donde cada verano ponía en marcha un campamento para la educación y alimentación de niños y niñas vulnerables para centrarse en los últimos años en una especie de ayuda desde la distancia con su programa de becas para menores con el propósito de que puedan acudir a clase, abandonando con gran pesar una presencia en Puerto Príncipe cada vez más insostenible y peligrosa.
“Desde el 2018 empezamos a ver cambios. Periodos en los que no se puede salir a la calle porque hay conflictos entre bandas. Nos avisaban de que se escuchaban las balas muy cerca, de armas de paramilitares. Hubo que escoltar a algunos compañeros que regresaban a España. Si es que a veces de noche oíamos los disparos desde el colegio”, detalla Lucía Sánchez, miembro de Haití Vive, quien argumenta que la Policía o las autoridades poco podían hacer, poniendo como ejemplo que hasta el presidente, Jovenel Moïse, fue asesinado en 2021 en su propia residencia tras recibir 12 balazos.
“Hubo muchos abusos con la ayuda internacional de después de los terremotos y una misión de la ONU estaba allí para mantener la paz, pero el pueblo se quejó de la propia ONU, que acabó yéndose y eso se notó mucho porque quien manda son las bandas paramilitares. ¿De dónde sacan las armas? Pues yo no lo sé”, continúa. “Por suerte nosotros no pasamos por alguna situación grave de peligro, pero es verdad que yo nunca había visto las armas tan de cerca, desde un policía que desenfunda en un control y encañona al conductor o alguien que metralleta en mano te dice que tienes que pagar más por ser blanco para acceder a un lugar. Hace que temas por tu vida. En el campamento teníamos un vigilante armado por la noche, Moisés, que murió en el 2020-21, no recuerdo exactamente, en un cruce de disparos de bandas y él pasaba por allí, como sucedió también con un niño deficiente al que cuidábamos mucho y que falleció cerca de un tiroteo. No hay seguridad ni en las casas porque son muy débiles y las balas las traspasan. Allí viven el momento porque no saben qué va a pasar con sus vidas”.
Inseguridad que, unida al saqueo del colegio en el que les robaron material de talleres que efectuaban los veranos propició que la ong decidiera su marcha del país, manteniendo una colaboración desde el 2020 diferente, a mucha distancia y centrada en unas becas que catalogan como “fundamentales para el futuro de esos niños y la evolución de su sociedad”, comenta Lucía, natural de Toledo pero con unas tres décadas viviendo en Segovia, al igual que otros compañeros de la ong.
Todo comenzó cuando un par de voluntarios que posteriormente fundarían Haití Vive viajaron allí tras el devastador terremoto de 2010, que afectó sobremanera la capital Puerto Príncipe y uno de sus barrios, Tabarre, ubicado entre Croixdes-Missions y Pernier, donde malviven varias comunidades en condiciones paupérrimas convertidas en inhumanas tras la catástrofe natural. Personas castigadas sin luz, agua, una casa, escuelas, alumbrado, canalizaciones, etc. A esa catástrofe natural se unió la condición humana que hace inexplicable que la ayuda mundial recibida no llegara allí donde más falta hacía. Aquellos voluntarios segovianos viajaban con ongs como Mensajeros de la Paz, con la que colaboraron en la creación de un campamento de verano para que los niños pobres pudieran contar con alimento a la vez que educación.
Pero en 2011 el proyecto de dichas ongs concluyó y los voluntarios segovianos, en especial la hermana Natividad Ruiz -enfermera de profesión, palentina voluntaria y religiosa de las Carmelitas Vedrunas- crearon Haití Vive para dar continuidad a las labores realizadas y que no quedaran en el olvido. Algo que le agradecen a cada paso que daba por aquellas calles del barrio ya que es el rostro visible de quien no quiso abandonarles, según comenta Lucía. La abrazan y le hablan, aunque no sea en su idioma. “Me entiendo con ellos en el lenguaje del amor”, asegura la fundadora de Haití Vive. “Colaboraba en el hospital, en programas de la cárcel, en todos sitios desde hace 30 años en Segovia. Es una ong con patas”, la describe Lucía, quien menciona que tras ese 2011 y el cese de actividad de las otras organizaciones, ‘Nati’, como la conocen, “regresó con otros voluntarios de Segovia un año después para retomar el campamento, antes de que se creara Haití Vive, y como no quisieron olvidar a aquella gente nació la ong”, recuerda Lucía.
Pasaron 12 años tras el terremoto y muchos de los habitantes del barrio de Tabarre siguen malviviendo en las casas prefabricadas levantadas por Mensajeros de la Paz, hacinados, sin agua corriente, letrinas, duchas, inundaciones cuando aparecen las lluvias torrenciales, con los residuos orgánicos no recogidos y acumulados que causan enfermedades como el cólera o la gripe ante las que no tienen medicamentos ni medios para afrontarlas. Niños, mujeres y ancianos, como suele ser habitual, son los más vulnerables ante esta delicada situación. Aunque Lucía Sánchez lamenta que es poco lo que ellos pueden alcanzar, continuaron con ese campamento de agosto que servía como oasis temporal de una existencia de exclusión de aquellos niños, que, como dice ella, “apenas pueden sentirse como niños con lo que tienen que soportar. Yo empecé a ir en el 2016 y era desolador. Cuando vas por primera vez todo te sorprende, todo te llama la atención. Es un país muy muy pobre, los niños no comen todos los días. Les ves carencias por la desnutrición, como el pelo, que nos parecía castaño-rubio pero nos decían que era por el hambre porque el pelo no tiene fuerza para mantener su color original. Según sales del aeropuerto, que encima vienes de hacer escala en Miami, donde todo es lujo, te entra un olor a plástico quemado porque como no hay retirada de basura lo queman todo. Mucha gente te pide por llevarte la maleta o cualquier cosa. Es un gran contraste, un caos total, el tráfico, etc. Llegas al barrio y los niños te están esperando con los brazos abiertos”.
Felicidad aunque pasajera
Una cruda realidad de la que al menos por un mes podían escapar y regalar alguna sonrisa de una felicidad aunque sea pasajera. Así que en los años siguientes el campamento pudo continuar, desarrollándose en un colegio que fue levantado por los padres de San Vicente de Paúl, organización que les cedió las instalaciones para poder albergar a unos 200 niños de entre 6 y 15 años que recibían clases de español, música, manualidades, etc., además de ser alimentados ya que la mayoría sufría desnutrición. La vida durante ese mes se asemejaba a la de los niños normales que tienen la fortuna de no estar envueltos en esa tesitura de pobreza. “Es que son niños por muy poco tiempo, unos años solo, porque enseguida son conscientes de la dura realidad que les ha tocado vivir. Están muy cercanos a la muerte porque la gente muere fácilmente y al día siguiente vuelve a salir el sol y todo continúa igual. Suelen tener labores desde muy pequeños en casa, como lavar, ir a un pozo a por agua, cocinar, cuidar del hermanito… No tienen la despreocupación que tienen los niños que sueles ver. Por eso el campamento era una liberación para ellos porque sí se sentían como niños que quieren jugar, bailar, etc., sin miedo a que les regañen con un cinturón o un palo. Era como un mes de vacaciones en el que podían ser niños”, prosigue la voluntaria.
Con el tiempo, Haití Vive fue ampliando actuaciones, por ejemplo con un taller de costura junto con la orden religiosa San Vicente de Paúl, dando posibilidades a mujeres del barrio de tener un trabajo al que de otra manera les sería imposible acceder dada la fuerte exclusión laboral que padecen o el verse abocadas a embarazos muy tempranos y a cambios de parejas que jamás muestran interés por esos niños, según explican desde la ong. Por ese motivo es tan importante que las niñas reciban una educación que tal vez algún día sirva para la conquista de un puesto de trabajo.
En ocasiones, la ong acudía a visitar a los habitantes del barrio para ayudarles con necesidades vitales como medicinas, comida o ropa. También comenzó el programa de becas escolares para que niños y niñas del barrio puedan acudir a la escuela y reciban una educación, algo vital que suponga una oportunidad de escapar del infierno. Un programa de becas que, desde la distancia porque ya no están sobre el terreno como les gustaría, centra hoy en día la labor de Haití Vive después de que la creciente violencia del país prácticamente les echara del mismo al ver comprometida su seguridad personal.
En 2017 abrieron un taller de soldadura en el mismo campamento para jóvenes mayores de 16 años que tuvo una gran aceptación y que acabó convirtiéndose en una escuela de soldadura y reparación de objetos. La empresa de uno de los voluntarios se enteró de la iniciativa y en un gran gesto donó material para llevarla a cabo hasta el año 2019, incluso contratando a un profesor durante algunos meses. Pero, una vez más, la violencia vuelve a imperar y todo el material guardado en el colegio fue saqueado por ladrones y pandillas poniendo fin al sueño.
Una vez fuera del país y ejerciendo la ayuda desde el otro lado del océano, la mejor forma de colaborar con la ong es la económica para que llegue a la escolarización de los niños y cubrir sus necesidades de alimentación. Para ello, la organización tiene una cuenta abierta en Caja Rural: ES96 3060 1028 5722 3620 4422 para quien quiera hacer unos donativos que íntegramente van a Haití.
Preguntada Lucía sobre si cree que se hace lo suficiente por ayudar a las zonas más desfavorecidas del planeta, ella tiene la teoría de que esa ayuda de la sociedad ‘pudiente’ es insuficiente y que se abusa de algunos países para que otros prosperen. “Nosotros somos muy pequeños. Agradecemos la ayuda que nos presta Segovia y el grupo misionero de San Lorenzo. Con todo lo que hemos hecho y no hemos hecho nada, aunque estamos muy orgullosos. Las ongs grandes pueden hacer más y mueven más dinero”, razona antes de añadir que los cuatro años que viajó a Haití fueron “los más felices de mi vida”. Seguro que los de muchos niños haitianos también.
La Caminata de San Lorenzo, con la vista puesta en Haití
En sus 28 años de historia, el Grupo de Acción Misionera de la Parroquia de San Lorenzo ha llevado a cabo diversos hermanamientos con misiones en zonas desfavorecidas con segovianos involucrados. Para ayudarles con un empujoncito fue creada la Caminata Solidaria, que va ya por su edición número 24, además del Rastrillo Solidario. Este 1 de mayo tendrá lugar la mencionada edición 24 como apoyo a los diferentes hermanamientos, que comenzaron con la misión de La Pradera, en Caracas (Venezuela), cuyo objetivo es sacar a niños de la calle, alimentarlos y escolarizarlos. Después se fueron agregando más misiones que recibirán la ayuda de lo recaudado en la Caminata, entre ellas la de Puerto Príncipe de Haití con la ong Haití Vive, también con voluntarios segovianos, o la de Dete (Zimbawe), que acoge a personas mayores sin recursos.
La Caminata saldrá el viernes 1 de mayo a las 11.00 horas desde la Plaza de San Lorenzo, un recorrido de unos siete kilómetros con las inscripciones una hora antes de la salida en la misma plaza, inscripciones que irán acompañadas por el donativo que cada uno quiera aportar para esta buena causa. El 3 de mayo será el turno del Rastrillo Solidario en la Plaza de San Lorenzo con venta de artículos, dulces, etc., todo con el mismo plausible propósito. “Natividad -fundadora de Haití Vive’- es del grupo misionero de San Lorenzo, yo vivo en San Lorenzo, mi madre también está en el grupo. Siempre hemos tenido una vinculación muy grande, estamos hermanados y les agredecemos el apoyo”, valora Lucía Sánchez, de Haití Vive.
