NO ME DEJAN LEER (A BORGES)
NO ME DEJAN LEER (A BORGES)
JUEVES 17, SUBE MARÍA DE LA FUENCISLA
A vueltas con el Impuesto sobre el Patrimonio
Bandoleros segovianos: sangre, acero y leyenda
No queda mucho para que anochezca. Una hora. O más, que eso es cosa del sol. Me llego a la ermita, me apetece leer. Les cuento: estoy redescubriendo a Borges. A Borges, el gran ilusionista, el inabarcable, el desbordante en imágenes, el que, desde su multiforme Babel, sigue provocando a sus lectores. Otro día —otro día puede ser hoy— habré de dedicarle una columna. De esas laberínticas, apasionadas, de una aparente destrabazón minuciosamente calculada, como las que él firmaría. Pero me estoy distrayendo. ¿Y qué? Leer también es distraerse. Distraer el pensamiento hasta llevarlo al territorio del autor (del Autor, que la alta Literatura se escribe con versal acá y en la Argentina). O llevarlos, al pensamiento y al corazón, al mundo que entre aquél y su víctima puedan crear a medias. ¿A medias? Ese mundo, hoy, puede estar habitado por personajes de carne, hueso y nombres pronunciables para el lector; mañana surgirá otro de monstruos irreconocibles delante del espejo. O al revés. Que me estoy distrayendo. ¿A dónde iba? A la ermita. Ya he llegado. Me siento junto a la puerta de poniente. En la piedra. Se siente tibia. Abro el libro: Ficciones. Funes, Menard y Almotásim ya están maqueados para hablarme.........
