Aprender a nombrar el miedo
Aprender a nombrar el miedo
Me ha dicho que tiene miedo, sin especificar. Y cuando le he preguntado a qué, me ha respondido que a irse, a no despertarse. Y yo —sobrecogido o noqueado por el impacto—, en lugar de confesarle que, en ese caso, comparto su miedo y que me dejaría solo en esta plaza, en estas tardes, he recurrido a las manidas estupideces de siempre: que haga por donde, que esta racha pasará y que la primavera ya está prácticamente aquí y con ella los brotes a los que dedica su existencia. Me ha espetado que sí para escabullirse del incómodo silencio, para desviar la conversación y precipitar un adiós. Y ha tomado el camino hacia su casa sin que yo le diga que comparto su miedo y que me dejaría solo en esta plaza, en estas tardes.
He vuelto a la biblioteca pensando que no daba para más, que carecía de recursos para esos menesteres y, al pronto, como un punzón en la espalda, que no concebía nada más apremiante en cien mil leguas a la redonda. Me ha entrado un........
