Cuando un mandatario destruye las bases del estado
Un Estado pervive gracias al juicio de quien lo encarna, de quien lo preside. Un presidente que erosiona la legitimidad de las instituciones representa una acerba y devastadora promesa de la entropía a la cual perfila un sistema de gobierno democrático. Invito al lector a visitar la densa quietud de diciembre de 1588 en el Castillo de Blois. Con el frío de una noche en silencio que, entre pasillos palaciegos, orquestaba el sonido sordo del acero. Se trata de uno de los pasajes magistralmente narrados por la escritora británica Jean Plaidy en La reina de los deseos (Queen Jezebel), que lleva a evocar el momento exacto en que los Cuarenta y Cinco, soldados de la guardia real, apuñalan al Duque de Guisa por orden del propio rey Enrique III.
Al día siguiente del crimen, la alcoba real destilaba una euforia ciega. El joven monarca, ebrio de un poder que creía haber redimido de sus amarras, bajó corriendo los peldaños para arrodillarse ante el lecho de su madre, la astuta y moribunda Catalina de Médicis. «¡Madre, ya no tengo rivales! ¡El Rey de París está muerto!», exclamó, asumiendo que la muerte de su oponente era la salvación de su corona. Sin embargo, desde la penumbra de su agonía, tras haber escuchado el crujir de las tablas y el forcejeo agónico en el piso superior, la Reina Madre dictó una sentencia que no era un lamento moral, sino una ley física del poder: al romper las formas sagradas de la ley para someter a un rival, no se salva la corona; se dinamitan los cimientos del palacio que la sostiene. El rey, al actuar como un asesino común, desmitificó su propia investidura. Había ganado una batalla facciosa, pero había herido de muerte la majestad del Estado.
Cuatro siglos nos separan de Blois, pero el desatino humano posee una métrica persistente. El mesianismo y la embriaguez ideológica repiten hoy, bajo el ropaje de la modernidad, el mismo error de cálculo. Cuando un gobernante contemporáneo confunde la legitimidad de las urnas con un cheque en blanco para refundar la patria a su antojo, ingresa en el peligroso juego del absolutismo. El presidente no debe ser analizado aquí bajo el rasero de la diatriba partidista común, sino como el arquetipo de ese gobernante que, en su afán de imponer una verdad........
