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El duelo y la liturgia del sepelio

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08.04.2026

Amadeo González Triviño

Vivir las secuencias y el simbolismo de los desgarramientos humanos, cuando de la pérdida de un ser querido se trata, es uno de los hechos que trasciende cualquier consideración personal y va más allá de la visión que podamos tener del otro, de los otros y de quienes se dan cita en torno a la despedida de ese ser.

Es común que en la liturgia del sepelio el sacerdote desde un primer momento, esté dispuesto a recibir el cadáver y trasladarlo con el preámbulo de la entrada a la ceremonia advirtiendo a los familiares y amigos sobre la esperanza de la reconciliación y la promesa de su redención en el cielo. Es el recibimiento que se hace desde el atrio de la iglesia, precedido de las letanías y la garantía de la resurrección de los muertos. Es parte inicial de esa convocatoria a familiares, amigos y allegados del difunto con la solidaridad de la iglesia en su conjunto, para que el duelo y la despedida no sea tan dura y bajo el manto del perdón, se aminoren las angustias que deja la ausencia del ser querido.

El trámite conocido por todos, en el momento de la homilía, y de las oraciones y lecturas destinadas a este tipo de eventos, siempre tiene la virtud de reconocer y agradecer las formas de participación del difunto en su vida social y familiar, lo que se hace ya finalizando la ceremonia, alguno de los familiares, muchas veces las autoridades del lugar o algún personaje en especial, agradece la presencia al acto litúrgico, y otras ocasiones en las que se invita a una canción como premisa de la familia con aquellas melodías, que eran del alma de quien en vida convivió con los amigos y luego, en medio de otras plegarias y oraciones, el sacerdote acompaña el féretro hasta la puerta de la iglesia, donde se reitera su llegada al reino de los cielos y que no está muerto realmente, sino que duerme mientras llega a la presencia del señor y allí, de nuevo en el atrio de la iglesia se termina la ceremonia.

Sin embargo, hace pocos días, cuando decidimos acompañar en esa ceremonia a una familia, por el duelo que lo embargaba, el sacerdote de la Iglesia Catedral en Garzón, en la homilía se dedicó a hablar de las elecciones al Congreso y de la venta de los votos, en una acto de politiquería que no era lo indicado y se salió de su misión pastoral y al finalizar la ceremonia, advertido por algún allegado de la presencia de un trío musical que se aprestaba en ese instante a darle la despedida al difunto, en un acto fuera de lo común, que generó mucho malestar y que realmente no contribuyó a la paz de la familia y al respeto por la memoria del difunto, regaño a la familia, advirtió que no permitiría ninguna canción, que en ese momento, terminaría la liturgia sin despedir al cuerpo del difunto, porque tenía que respetarse el recinto sagrado de la iglesia y así concluyó la ceremonia.

En medio de su incoherencia y ese trato descortés y contrariando las palabras de la fe y de la redención y del perdón y de la convivencia cristiana, cerró la liturgia, tomó las bolsas o canastas donde se depositaron las limosnas, preservando los ingresos de los fieles recogidas en la misa y con ellas bajo el brazo se marginó de ese momento del lugar, cuando la familia agradecía a los presentes y se le cantaba una canción de amor y de fidelidad, sin la conclusión final de la ceremonia propia de toda liturgia del sepelio. Con esta actitud, el fin de la ceremonia no cumplió el propósito por cuanto la misión del sacerdote no fue la de ofrecer consuelo a los dolientes y pedir por el descanso eterno del alma que era llevada posteriormente hasta la tumba. 

El duelo, esa angustia que pervive, que se dimensiona y que no se sofoca de buenas a primera en los parientes, allegados o familiares del difunto, hoy en día, lleva en su seno esa impronta de dolor y de tristeza que se dimensiona de una manera que trasciende la cristiandad, cuando contrario a lo que sucede en muchas iglesias del país, de lo que se acostumbra en esta clase de eventos, para este caso en especial, fue prohibido bajo la censura de estar cometiéndose un pecado y una profanación del templo, como en últimas dejó la impresión, el vicario apostólico que presidió la ceremonia.


© Diario del Huila