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Pablo del Cuvillo

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18.04.2026

18 de abril 2026 - 03:08

Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un gaditano tan claro, tan rico de ventura. Yo canto la elegancia de mi amigo Pablo del Cuvillo que ha muerto con cincuenta y cinco años, con tanto aún que darnos. Era un gaditano casi británico, epítome de lo que su abuelo materno, José María Pemán, definía como la Andalucía inglesa, esto es, Cádiz y el Marco de Jerez, en ciertas familias. Pablo conocía a Shakespeare como la palma de su mano, de memoria en español y por el corazón en inglés.

En dos artículos le nombré, pudorosamente, sin nombre, pero él las dos veces se reconoció, porque, increíblemente, me leía, aunque yo no sea Shakespeare. Le hizo ilusión el nombramiento y quizá más el anonimato, a él tan tímido. Este artículo, en cambio, le habría dado vergüenza. Ahora, en el más allá, donde la humildad es estar en verdad, lo podrá leer sin sonrojarse, como solía.

Cuando era muy joven se hizo numerario del Opus Dei, mi madre exultó. Tan guapo, tan educado, tan alto y con una gracia tan serena, haría –profetizó mi madre– un sacerdote excelente. “Cómo le va a caer la sotana…”, decía ella a menudo. Sin embargo, mi madre, que tenía otros dones, no gozó del don de profecía: Pablo fue laico toda su vida. El Opus Dei era una de sus pasiones y se diría que quiso llevar la laicidad que caracteriza a la institución por todo lo alto.

Tenía muchas otras pasiones. Le gustaba mucho su familia, de lo que beneficié, pues a nuestra vieja amistad se unió después el feliz acontecimiento de mi boda con una pariente suya. Nuestra amistad no necesitaba esa otra media vuelta de tuerca, pero nos dio para muchas bromas y celebraciones.

Teníamos en común la vocación docente. Las dos veces que fui a verle al hospital, ya muy enfermo, me preguntó, por supuesto, por su prima, y hablamos, cómo no, de Pemán y de Shakespeare; pero siempre acabábamos reflexionando sobre enseñanza. De cómo lograr que los alumnos leyesen más y de qué noble ideal de nobleza habría que proponerles. Pablo vibraba.

Sin querer me daba una lección sobre el espíritu de la Obra. No sólo por su fe que le hacía no perder la sonrisa ni asomado al final con plena conciencia, también por esa absoluta entrega profesional, esperanza contra toda esperanza. El hueco que nos ha dejado es enorme, pero se llama ejemplo. Y debe ser llenado.

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