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Yéndoles la fiesta en la sangre

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15 de abril 2026 - 03:07

Hay sevillanos que disfrutan todas las fiestas como si fueran una navaja suiza. Si de esta salen, además de la navajita, un destornillador, una lima, un abrebotellas, unas tijeras y un sacacorchos, de ellos salen las cada vez más numerosas procesiones extraordinarias, los incontables viacrucis, la Semana Santa redux que dura diez días en vez de siete, la Feria, el Corpus y el Rocío. No se pierden nada. Lo disfrutan todo a lo largo de todo el año, con intensidad agotadora entre enero y junio. Hay que ser un Hércules festivo para aguantar el tipo. No ser un Creso, pero sí poseer los medios suficientes para costearlo todo. Y tener un trabajo que permita tomarse los días libres necesarios o desarrollar unas capacidades asombrosas para hacer compatibles diversiones y obligaciones, no vayamos a caer en el tópico del andaluz perezoso, que aquí se trabaja tanto como en cualquier otro sitio.

Lejos de ser algo superficial, este gusto por la fiesta tiene hondas raíces históricas relacionadas con el clima, y el carácter y la cultura que este moldea. Pueden leer en las redes Fiestas sevillanas del siglo XVI donde Rafael Ramos Sosa estudia como en la ciudad enriquecida se multiplicaron los antiguos y nuevos regocijos populares y diversiones aristocráticas: fiestas de toros y cañas, justas y torneos, máscaras y carros alegóricos, el juego de correr la seda, regatas en el río, batallas ficticias y naumaquias, luminarias y fuegos de artificio, saraos, comedias, justas literarias, espectáculos y arquitecturas efímeras montados con motivo de las visitas reales o la celebración de eventos puntuales. Sin olvidar los autos de fe –“el gran teatro de la muerte en Sevilla” lo llama Rafael Japón en su estudio El auto de fe de 1660– y las muchas hermandades y procesiones de penitencia y gloria que tuvieron en el XVI su primer siglo de auge, mientras el Vía Crucis de la Cruz del Campo ponía los cimientos de la Semana Santa, contando Francisco de Sigüenza hasta doce mil cofrades de penitencia.

Abusando de Rafael Montesinos podría decirse que heredada, no aprendida, es esta disposición para la fiesta de los sevillanos, yéndoles en la sangre, “pues los siglos se ven hasta en la forma de sujetarse el antifaz al rostro” … Y de participar en los otros muchos regocijos que la ciudad ofrece.

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