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Donosti

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22.04.2026

22 de abril 2026 - 03:07

La misma final de Copa del Rey que hace 39 años. Casi cuatro décadas después, los mismos contendientes, Real Sociedad y Atlético de Madrid. El mismo marcador, empate a dos goles. Y el mismo epílogo no apto para cardiacos: triunfo donostiarra en el lanzamiento de penaltis. Los entrenadores eran entonces el galés John Benjamin Toshack y Luis Aragonés, el sabio de Hortaleza. Uno de sus pupilos, Diego Pablo Simeone, estaba ahora en el banquillo colchonero. En el de la Real, un norteamericano de New Jersey llamado Pellegrino Matarazzo.

Cuatro décadas después, San Sebastián vuelve a disfrutar de un triunfo copero. La ciudad recuperó las corridas de toros, prohibidas cuando estuvo Bildu en el Ayuntamiento. Han vuelto las procesiones más de medio siglo después. Éstas se prohibieron solas. El periodista Pedro Ontoso presenta en Donosti el libro La duquesa Vasca, donde además de recordar que Cayetana fue objetivo de la banda terrorista ETA cuenta que San Sebastián era después de Sevilla su segundo paraíso. Pero el cambio más sustancial es otro. En 1987, el año del anterior duelo copero entre estos equipos, ETA asesinó a 52 personas. Una cifra sólo superada por los casi 250 muertos del trienio constitucional 78-79-80. La cara sangrienta de la movida.

En 1987, con Henry Parot como cerebro estelar, ETA cometió el atentado con más víctimas mortales, 21, con el Hipercor de Barcelona como objetivo. Fue el 19 de junio de 1987. Ocho días después se disputó la final en La Romareda, estadio del Zaragoza. Todavía resuenan las palabras de Maria Josep Olivé, viuda del arquitecto Xavier Valls Bauzá: “Los homenajes y manifestaciones en apoyo de los mártires etarras y presos evidencian nuestra soledad y nuestra invisibilidad”.

Solos e invisibles se sentirán los familiares de las once víctimas mortales del atentado contra la casa-cuartel de Zaragoza, la ciudad donde meses antes se jugó la final, el 12 de diciembre de 1987. En la novela de Javier Marías Tomás Nevinson aparece una fotografía de ese brutal atentado. Un guardia civil con la cara ensangrentada lleva en brazos a una niña sacudida por el horror. Una niña que tuvo más suerte que las gemelas Esther y Miriam Barrera Alcaraz, de tres años, Silvia Ballarín, de seis años, Silvia Pino, de siete años, y Rocío Capilla, de catorce, las cinco hijas de guardias civiles, algunos también muertos en el atentado. Sus padres dieron su vida por defender la bandera y el himno que cuatro décadas después se volvió a silbar en la Cartuja de Sevilla. Como si hubieran dicho “picoleto el que no bote” parafraseando el “musulmán el que no bote” por el que tantos tertulianos a la violeta se rasgaron las vestiduras.

Solos e invisibles. Es el precio del pacto Presos por Presupuestos que Otegi enunció como una fórmula algebraica. Una ecuación asimétrica, porque los presupuestos llevan años sin aprobarse y los beneficios penitenciarios van como un cohete por usar la fórmula tan del agrado de la Moncloa. Los héroes balompédicos de 2026 no habían nacido en la final de 1987. Tampoco el joven alcalde de San Sebastián, Jon Insausti, que es de la quinta de la caída del muro de Berlín.

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