EE.UU e Irán, en tensión, China, en espera
Durante décadas pensamos que la incertidumbre era solo un paréntesis entre periodos de estabilidad. Hoy se ha convertido en la nueva normalidad. Ya no es una interrupción del orden internacional, sino su característica permanente. La escalada en torno a Irán confirma esa sensación. Cada nuevo episodio en Oriente Medio reactiva la misma secuencia de tensión militar, amenazas cruzadas, mercados nerviosos y repunte inmediato de los precios del petróleo y del gas. Basta un movimiento en el estrecho de Ormuz -ruta de paso del 20 % del petróleo mundial- para que los futuros del crudo reaccionen en cuestión de horas. Así, los mercados energéticos se comportan como sismógrafos geopolíticos.
Ese encarecimiento de la energía tiene numerosos impactos. Es inflación en la cesta de la compra, presión al alza sobre los tipos de interés y deterioro del poder adquisitivo de las clases medias. Europa lo sabe bien. En 2022 aprendimos que la dependencia energética no es una cuestión técnica, sino estratégica. Lo que ahora ocurre en el Golfo despierta ese recuerdo reciente. Nuestro modelo pagó la ingenuidad de haber creído que el suministro era un dato, no una incógnita. Ahora bien, lo verdaderamente inquietante no es el encarecimiento de la energía. Es la facilidad con la que se habla de guerra. La experiencia reciente demuestra que iniciar un conflicto es relativamente sencillo. Cambiar un régimen, no tanto. Afganistán e Irak siguen siendo ejemplos incómodos para Occidente; Libia, un recordatorio del vacío que deja una intervención sin arquitectura posterior.........
