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"Las colas en el centro de salud son trincheras de un descontento que siempre estalla contra el rostro que da la cara"

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23.03.2026

Se nos está agitando la sangre en el mostrador. Ya no se va al médico a que nos miren el alma por la garganta; se va a exigir el milagro o el papel con la urgencia del que compra lotería. En la sala, el aire pesa como un mal diagnóstico. Las listas de espera son hoy ese pasillo interminable donde la paciencia se vuelve vinagre y el respeto se queda en los huesos, tísico de tanto desprecio. Las colas en el centro de salud son trincheras de un descontento que siempre estalla contra el rostro que da la cara. Casi ochocientas agresiones en un año en Osasunbidea suponen ochocientas derrotas de la palabra. Pero esta violencia tiene un sesgo feroz, un ensañamiento que no es casual: el 86,2% de los golpes y los gritos los reciben ellas. Son las enfermeras, las administrativas, las médicas; mujeres que conforman el último muro de la piedad y que hoy sufren el impacto de quien confunde el derecho con el asalto. Es la contabilidad del miedo. Quien oficia la herida se ve ahora midiendo la distancia del puño, no la del pulso. Y en la primera línea de fuego, tras el tablero de administración, casi una de cada diez trabajadoras ya ha probado el sabor del insulto antes que el del café de la máquina. 

Que la estructura pública sea un animal ciego de números, un gigante que nos deja a la intemperie durante meses, no es coartada. El que levanta la mano no es un paciente; es un cobarde. Al golpear la bata, el violento comete un acto de canibalismo social: cree que abre paso, pero solo está degollando el engranaje que tiene que salvarlo. Porque cada agravio es una consulta que se apaga y cada puñetazo es un sanitario que ya no mira a los ojos, sino al reloj, deseando que el tiempo vuele para ponerse a salvo. Lo que antes era el disfrute de atender, el oficio de curar y acompañar, se ha convertido en la inquietud venenosa de quién entrará al abrir la puerta. Sin embargo, en medio de este asedio, hay una resistencia silenciosa que sostiene el armazón. Son quienes, a pesar del temor, deciden no rendirse; quienes siguen estirando los minutos para que la prisa no nos robe la humanidad. Hay esperanza en cada bata que se abotona cada mañana, confiando en que el respeto vuelva a ser el idioma de los pasillos. Solo hace falta recordar que la salud empieza por la palabra y que la cura es un pacto, no una guerra. Porque se nos está muriendo la decencia en la puerta de urgencias. Y contra eso, no hay receta que valga.


© Diario de Navarra