"¿Qué puede llevar a unos críos de 12 y 13 años a madrugar todos los domingos durante cuatro años para contarse sus penas, sus alegrías, cantar y bailar?"
Mi primer coqueteo serio con el alcohol consistió en tres vasazos de vinorro caliente que me calcé de un trago en el aperitivo posterior a mi confirmación por la iglesia. Aún no tendría 15 años. Quizá eso explique que de aquel rito de madurez cristiana apenas recuerde la ropa que llevaba, lo efímero de la cena familiar y el tremendo dolor de cabeza del día siguiente en la clase de historia del instituto. Poco más. Años después — muchos — me he ido reencontrando con el sacramento de la mano de mis hijos y he constatado la verdadera dimensión de la liturgia.........
