El ocaso de la ONU, el fracaso del orden mundial
Lluís Ramis de Ayreflor
El ocaso de la ONU, el fracaso del orden mundial
Reunión de Consejo de la ONU / JUSTIN LANE
Al seguir en este periódico los magníficos artículos de nuestro brillante diplomático Jorge Dézcallar me cuesta escribir sobre temas de geopolítica pero, dada la gravedad de la situación actual, creo que hay que analizar el papel de nuestro organismo mundial, la ONU.
La pregunta clave es si este organismo cumple con sus objetivos, o su utilidad está en duda y necesita una transformación.
Para ello, nada mejor que ir a la historia, y remontarse al organismo mundial antecesor de la Organización de Naciones Unidas, la llamada Sociedad de Naciones (SDN). La SDN desapareció oficialmente en abril de 1946 pero, realmente, su actividad terminó con el estallido de la segunda guerra mundial, ya que el hecho de no servir de nada durante el conflicto certificó su inoperancia y con su disolución se transfirieron tanto los activos como sus finalidades a la creada Organización de Naciones Unidas (ONU).
¿Por qué se disolvió la SDN? Por su incapacidad de no cumplir su objetivo primordial: mantener la paz mundial.
• No supo prevenir la Segunda Guerra Mundial, ni evitar otros conflictos bélicos como la invasión japonesa de Manchuria (1931), la invasión italiana de Abisinia (1935) o el expansionismo de la Alemania nazi.
• Potencias como Alemania, Japón e Italia la abandonaron en la década de 1930.
• Carecía de fuerza real y ejecutiva.
En mi opinión, la ONU no ha logrado evitar los conflictos bélicos desde la segunda mitad del siglo XX, aunque, en ciertos casos, ha reducido su duración o realizado intervenciones destacables con los cascos azules.
Por ello, la situación es similar a la que produjo la desaparición de la SDN pero, evidentemente, no hay un consenso mundial para reformarla en profundidad, ni voluntad política para dotarla de medios económicos y ejecutivos que no dependan de las aportaciones «voluntarias» de sus miembros.
La otra principal causa del fracaso es el derecho de veto que tienen desde su fundación EE UU, Rusia, Francia, y Reino Unido, al que después se unió también China.
Rusia puede vetar cualquier resolución en su contra, por ejemplo, la invasión de Ucrania (solo aporta el 1% del presupuesto de la ONU), o EE UU en el caso de Irán (este país aporta el 22% del presupuesto de la ONU.
Consecuentemente, el papel de la ONU en todos los conflictos es de perfil bajo, ya que la posibilidad de veto de los cinco y, principalmente, de los tres que se juegan la hegemonía de áreas de influencia geopolítica mundial, condiciona que actúe en función de sus intereses.
En cuanto al respeto de los derechos humanos, otro de los fines importantes de la ONU, no se respetan en la mayoría de sus Estados miembros, empezando por dos de los que tienen derecho a veto, Rusia y China. Entonces, ¿cómo se pueden exigir avances a otros si los principales no cumplen?
¿Por qué nadie cuestiona a China ni pide sanciones contra ella, y sí se cuestiona a otros países por ser dictaduras que no respetan los derechos humanos?
El gobierno de Pedro Sánchez, que se presenta muy activo con el «no a la guerra», es muy complaciente con la dictadura China.
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