Un cansancio ajeno
Un cansancio ajeno. / Shutterstock
Compré en un mercadillo un espejo antiguo porque me gustó mucho su marco de madera, tallado a mano con motivos florales entre cuya espesura aparecían lagartijas y escarabajos y algún que otro insecto. Al llegar a casa, lo colgué en una pared de mi estudio y al mirarme en él vi mi rostro, aunque era no exactamente el mío. Había en su expresión algo residual, una especie de gesto que yo no estaba haciendo. Como si mi cara hubiera llegado un segundo tarde a su propia representación. Pensé en un defecto del vidrio o en la mala calidad del azogue. Pero al día siguiente ocurrió lo mismo. Y al otro. Con el tiempo comprendí que el espejo no reflejaba solo a quien tenía delante, sino también a quien había estado antes. Era un espejo con memoria. Guardaba el rostro previo como una huella........
