Ojo, que viene
Ensayo del eclipse en Playa de Palma. / Manu Mielniezuk
Llevo semanas buscando en casa un catálogo sobre el eclipse total de finales del XIX o principios del siglo pasado: hubo expediciones a distintos lugares para su estudio científico –también a Mallorca– y se publicaron opúsculos y monografías especializadas, además de los consabidos artículos periodísticos. Pues bien: ese catálogo –que reunía varios de aquellos trabajos– me ha desaparecido. Yo aún diría más: se ha eclipsado. Y lo he buscado con tal denuedo que he llegado a pensar que esa publicación no había existido nunca y me la había inventado yo. Aun así, recuerdo sus cubiertas color sepia oscuro, sus letras amarillas, e incluso algunas fotografías con largos catalejos y telescopios, y ropa, digamos, deportiva de la época: hoy daría para un pase de modas en un cottage de la campiña inglesa. Porque los recuerdos no se los inventan sólo los caraduras dedicados a falsificar su pasado; cuando la edad avanza las neuronas juegan al pin-ball con todos nosotros.
Un eclipse de sol, antes de que la ciencia fuera la sustituta de los dioses, era una maldición. Podía ocurrir que la luz del sol no regresara jamás o que la oscuridad que se cernía sobre nuestras cabezas fuese un castigo de esos mismos dioses, tan caprichosos, crueles y juguetones con los humanos. Los sacerdotes y astrólogos lo aprovechaban para aumentar su........
