Don Antonio Maura, de visita
Don Antonio Maura, de visita
¿Es suficiente la memoria para neutralizar la habitual ceremonia del olvido? ¿Y la fiebre de una resurrección familiar como espejo donde mirarse en sociedad?
La casa natal de Antoni Maura, en la plaza Llorenç Villalonga, en Palma. / MANU MIELNIEZUK
El lunes pasado, al comienzo de la tarde, la ciudad se ocultó. O dicho de otro modo: la ciudad se veló hasta desaparecer. Como creo en los signos, salí a pasear para habitar durante un par de horas una Palma invisible. Como si se hubiera convertido en un escenario de novela victoriana y eso que, de victorianos, si tuvimos –que tengo mis dudas–, ya tenemos muy poco. Los palmesanos, quiero decir.
Empecé a bajar el Paseo Marítimo en dirección a Paseo Sagrera, para después salir a la Avenida Adolfo Suárez –qué raro suena frente al mar de Palma ese nombre abulense–. Más que verlo, adivinaba el trazado urbano, como en el cuento de Boris Vian en el que París se ve envuelta en una erotizante niebla rosácea. Aquí no percibí efecto erótico alguno y la niebla era blanquecina y lechosa. Los tamarindos goteaban por la condensación de humedad en el aire.
Al principio, el paisaje era una pintura de Fuster Valiente envuelta en multitud de gasas; es decir, no era, sino que se adivinaba una de esas pinturas de Fuster Valiente en las que los mástiles adquieren categoría humana. Palma era una ciudad asediada por una niebla cosida por los mástiles. Durante unos instantes –solo unos instantes– adiviné una barcaza con el rey Alfonso XIII y su primer ministro Antonio Maura a punto de desembarcar en el muelle de Ribera. Como si fueran émulos del profesor Aschenbach en su llegada a Venecia.
Los escasos sonidos se amortiguaban respetuosos, La Almudaina solo se adivinaba en su perfil más alto, la Catedral había desaparecido completamente y el hermoso frontis urbano sobre las........
