El tacón absurdo
J. Teresa de Ruz Massanet
Margaret Qualley, con sus sandalias descalzas en el estreno londinense de 'La constelación del perro', la última película de Ridley Scott. / TOLGA AKMEN / EFE
Esta no va a ser una opinión en contra de los tacones. No. Aunque, si nos ponemos, también podríamos abrir un momento de reflexión sobre ellos, dependiendo del ángulo más o menos banal desde el que se enfoque. Podríamos hablar de su utilidad, de su aportación a los estilismos, de su capacidad para estilizar la figura del cuerpo ya sea femenino o masculino. Podríamos detenernos en su relevancia con los hallux valgus, conocidos popularmente como juanetes, los de toda la vida. Y, para finalizar, podríamos hablar de su indiscutible protagonismo en la historia del cine, si no, que se lo digan a mi amigo columnista fan de las femmes fatales.
Pero no. No son esos tacones de los que vengo a opinar hoy. Son la estupidez hecha tacón, esta vez plano.
Me refiero a eso que han dado en llamar el no-zapato o, si prefieren un oxímoron más sofisticado, las sandalias descalzas. Se trata de unas sandalias sin suela. Sí, han leído bien. Sin suela. Cuentan únicamente con una pequeña talonera de cuero que se sujeta al empeine mediante unos cordones, dejando las plantas de los pies y los dedos........
