Imposible olvidar que fuimos felices
Imposible olvidar que fuimos felices
Hace unos días, leyendo una novela deliciosa de Sandro Veronesi, Septiembre negro, descubrí un poema de W. H. Auden que desconocía, Adiós al Mezzogiorno. Fue a través de unos versos que el narrador del libro cita para hablar de los veranos que pasó con su familia en la localidad costera de Fiumetto, en la Toscana, y sobre todo del olor que tenían, «el olor del sol». Dicen así: «Aunque uno no siempre es capaz / de recordar exactamente por qué ha sido feliz, / es imposible olvidar que lo hemos sido».
El poeta los escribió en 1958 a raíz de su partida de la isla napolitana de Ischia, donde residió largas temporadas y a la que, pese al gozo que reconoce haber sentido viviendo en ella, ya no identifica como su hogar, su cultura no le pertenece, de ahí su marcha: «Debo irme, pero me voy agradecido».
La lectura de ambos, de Veronesi y de Auden, me ha hecho reflexionar sobre cómo la vida es tránsito, de un lugar a otro, de una edad a otra, de un estado de ánimo a otro, de una relación a otra, de un trabajo a otro, de una novela a otra. Y, sin embargo, nos empeñamos, yo lo hago, en buscar la quietud, pensamos que en la ausencia de movimiento está la estabilidad, personal, profesional, y por eso nos aterra la incertidumbre, el no saber qué pasará mañana, dónde estaremos la semana que viene.
Vivimos en el cortoplacismo, que nada tiene que ver con el carpe diem que nos legó Horacio. La necesidad de resultados inmediatos, como si fuéramos empresas y no personas, nos genera una ansiedad que deriva en agotamiento crónico, estamos exhaustos, y así es muy difícil recordar que un día fuimos felices. Pero lo fuimos. Puede que no podamos recordar por qué, pero sí cuándo y dónde y con qué intensidad, hasta qué punto nos cambió la vida ese instante de felicidad.
Fue lo que le ocurrió a Amélie Nothomb el 9 de marzo de 2020. Aquel día, fue la última vez que vio a su padre vivo. Estaba en Bruselas, a punto de coger un tren de vuelta a París. Según cuenta en el último de sus libros traducido al castellano, Psicopompo, como esos seres a los que en algunas mitologías y culturas se les atribuye la función de conducir las almas de los difuntos del mundo de los vivos al más allá, algo debió sentir en el momento de despedirse de su padre que la llevó a decirle «Adiós, papá. Te quiero». «Adiós, Amélie. Te quiero», respondió él. Nunca se lo habían dicho. La escritora se marchó «muy conmovida» y no volvió a pensar en ello. Su padre falleció ocho días después, víctima de un cáncer.
Entre esa despedida y su muerte no hubo una «relación causa-efecto», pero ella se alegra de haber pronunciado aquel «Te quiero». Yo no lo hice, jamás le dije a mi padre que lo quería, y él tampoco a mí, ambos recurrimos a la frialdad de un mensaje de texto que no he sido capaz de volver a leer desde su muerte. «Son palabras que es mejor escuchar vivo», sostiene Nothomb, y avisa «a todos los que creen que las palabras son inútiles cuando uno se sabe amado»: «Sí, sabíamos que nos queríamos. Aun así, ¡qué ebriedad decirlo y escucharlo!». Una ebriedad sobria y lúcida, la que solo produce esa felicidad inolvidable que Auden experimentó en la isla de Ischia o el protagonista de Veronesi en sus veranos en Fiumetto.
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