Dormir poco: menos vida y más impulsividad, combustibles de la guerra
Dormir poco: menos vida y más impulsividad, combustibles de la guerra
El sueño es un comportamiento modificable, y mejorar su calidad y duración puede ser una estrategia eficaz para aumentar la longevidad
Dormir poco: menos vida y más impulsividad, combustibles de la guerra / Ingimage
Dormir menos de siete horas por noche no es solo una mala costumbre: puede acortar la vida. Un estudio reciente publicado por la Sleep Research Society, con datos de los más de 3.000 condados de EEUU entre 2019 y 2025, lo reafirma. La asociación es muy sólida y persiste tras ajustar por tabaquismo, obesidad, dieta, inactividad física o variables socioeconómicas. Aunque es un estudio observacional, la amplitud y consistencia de los resultados a lo largo del tiempo, incluyendo el periodo de pandemia, refuerza su solidez. El tabaquismo sigue siendo el predictor más potente de mortalidad, pero dormir poco emerge como un factor independiente y significativo.
Sabemos poco de los mecanismos biológicos que conectan sueño con impulsividad, y ambos con longevidad. Intervienen procesos complejos —metabólicos, hormonales y neurológicos—, de los que solo conocemos algunos detalles bioquímicos. Sin embargo, hay un conocimiento sólido a nivel psicológico y conductual sobre cómo regular y mejorar el sueño y, recordando al maestro Eduard Estivill, la importancia de estos hallazgos es clara: el sueño es un comportamiento modificable, y mejorar su calidad y duración puede ser una estrategia eficaz para aumentar la longevidad.
Es muy probable que la falta de sueño aumente la impulsividad, al menos en personas propensas, genéticamente, favorece respuestas y proclamas amenazantes. La manifestada necesidad de reconocimiento e hipersensibilidad a la crítica también congenian con respuestas emocionales rápidas. El «descuento temporal» (delay discounting) —la preferencia por recompensas inmediatas frente a otras mayores pero futuras— es una manifestación específica de la impulsividad en las decisiones. Su base biológica es parcialmente hereditaria (quizás un 40%, según estudios en gemelos). Un estudio reciente en Molecular Psychiatry, liderado por la investigadora española Sandra Sánchez-Roige, en California, analizó registros genómicos de unas 135.000 personas e identificó 93 genes asociados a este rasgo. Muchos están vinculados a la señalización de dopamina —clave en los circuitos de recompensa—, al desarrollo de la corteza cerebral y al metabolismo neuronal. La impulsividad es poligénica: no depende de un solo gen, sino de muchos con efectos pequeños y superpuestos, incluso, interesantemente, 73 de estos genes se relacionan con otros rasgos, como TDAH, depresión, conductas de riesgo, obesidad o enfermedad cardiovascular, así como con peor regulación emocional. Curiosamente, no se relaciona (o muy débilmente) con la inteligencia.
Sin embargo, la genética solo marca tendencias. El entorno y los hábitos pueden modularlas o incluso contrarrestarlas con mecanismos epigenéticos. Donald Trump ha declarado que dormir es una pérdida de tiempo y duerme entre tres y cinco horas por noche, lo que potenciaría una impulsividad preexistente, como quizás influyeron otras experiencias en la vida: un entorno familiar con poco margen para la debilidad; cultura del riesgo y recompensa rápida en el negocio inmobiliario; o el refuerzo mediático y político de respuestas inmediatas y contundentes en la TV.
Pero está claro que faltan datos cromosómicos para concluir con fundamento: sin escudriñar las secuencias de ADN la especulación sería espuria, pero no es descartable que esta información esté disponible en algunos centros de inteligencia. Es sencillo obtenerla y complementarla con datos epigenéticos —que reflejan cómo el estilo de vida, el sueño o el entorno modulan la expresión génica—. Permitiría saber mejor a qué atenernos.
A menos aumentos, desde una perspectiva más evidente, el personaje se mueve bien en la volatilidad, con el ventajismo de manejar los hilos (petróleo, mercados bursátiles), situando siempre los intereses económicos propios y de unos pocos en el eje central de su actuación. Además de las armamentistas de siempre, las petroleras de Trump, también las de Putin y la propia Repsol —unos por estrategia y otros de rebote—, son los ganadores de esta guerra, termine o no. Pero lo serán menos si los tachados de perdedores les damos la espalda. No me extraña el enfado de España y de casi toda Europa.
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